Doctrinas de la Gracia

5 may. 2019

Invitación evangelística sin soporte bíblico. Cargo No. 5. Paul Washer



Cargo No. 5 contra la iglesia moderna

“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).
¡Y así como era en la época de los Wesley y de Whitefield, es ahora! ¿Qué enfrentamos? La mayor parte del tiempo no enfrentamos necesariamente el bautismo infantil. Tampoco enfrentamos una confirmación estilo iglesia anglicana y católica, realizada por alguna autoridad eclesiástica. Lo que enfrentamos ahora es la “oración del pecador”.
Y aquí estoy para decirles que si algo hay a lo cual le he declarado la guerra, es a la oración del pecador. Sí, y de la misma forma como el bautismo infantil para salvación era, en mi opinión, el becerro de oro de la Reforma, es la oración del pecador el becerro de oro (23) actual de los bautistas, de otros evangélicos y de todos los que los han seguido. ¡La oración del pecador ha enviado a más gente al infierno que cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra!
Quizá piensen ustedes: “¿Cómo puede decir semejante cosa?” Les respondo: Vayamos a las Escrituras y muéstrenme, ¡por favor! Me encantaría que me mostraran dónde dice que alguien fuera evangelizado de esa manera. La Biblia no nos dice que Jesucristo vino a la nación de Israel y le anunció: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado, entonces, ¿quién quiere invitarme a su corazón? Veo aquella mano que se levanta”. Eso no es lo que dice. ¡Cristo dijo: “Arrepentíos y creed el evangelio” (Mar. 1:15)!
La gente confía hoy día en el hecho de que alguna vez pronunciaron una oración, y alguien les dijo que eran salvos porque habían sido sinceros. En consecuencia, si uno les pregunta: “¿Eres salvo?” no contestan: “Sí, lo soy porque tengo los ojos puestos en Jesús y tengo evidencias poderosas que me dan la seguridad de haber nacido de nuevo”. ¡No! En cambio dicen: “Cierta vez dije una oración”. Ahora viven como demonios, ¡pero dijeron una oración! Oí decir de un evangelista que estaba exhortando a un hombre a hacer precisamente eso. Por último, el hombre se sentía tan incómodo que el evangelista dijo: “Está bien, hagamos una cosa. Yo oraré por usted y si eso es lo que le quiere decir a Dios, apriéteme la mano. ¡He aquí el poder de Dios!”
El “decisionismo”, la idolatría del “decisionismo”. La gente cree que va camino al cielo porque han juzgado suficiente la sinceridad de su propia decisión. Cuando Pablo fue a la iglesia en Corinto, no les dijo: “A ver, ustedes no están viviendo como cristianos, así que volvamos a aquel momento en su vida cuando dijeron aquella oración y veamos si fueron sinceros”. No, dijo esto: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Cor. 13:5).
¡Quiero que sepan, amigos, que la salvación es únicamente por fe! Es gracia sobre gracia sobre gracia. Pero la evidencia de la conversión no es que meramente uno examine su sinceridad en el momento de su conversión. En cambio, es el fruto continuo en su vida.
Oh, mis queridos amigos, ¡consideremos lo que hemos hecho! ¿Acaso no se conoce un árbol por su fruto (Mat. 7:20)? En la actualidad, 60% o 70% de los norteamericanos se creen convertidos, nacidos de nuevo. Pero, ¿damos muerte a cuántos miles de bebés por día? Y somos aborrecidos alrededor del mundo por nuestra inmoralidad. ¡Así y todo nos creemos cristianos!
Y yo pongo la culpa de esto directamente a los pies de los predicadores. He visto esto en todas partes. Muchos calvinistas y arminianos tienen algo en común. Es esto: la misma invitación superficial. Hablan mucho de muchas cosas y después llegan al momento de la invitación, y es como si todos perdieran la cabeza.
¿Pueden imaginarse acercarse a alguien y decir: “Dios lo ama y tiene un plan maravilloso para su vida”?
“¿Qué? ¿Dios me ama? Eso es buenísimo porque yo también me amo. Oh, esto es maravilloso” ¿Y Dios tiene un plan maravilloso? Yo también tengo un plan maravilloso para mi vida. Y si lo acepto a él, quiere decir que entonces mi vida será la mejor de las mejores. Esto es absolutamente maravilloso”.
Pero esto no es evangelismo bíblico. Le voy a dar algo bíblico en su lugar. Dios se acercó a Moisés, y 
proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6-7). 

¿Cuál fue la reacción de Moisés? “Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró” (Éxo. 34:8).
La evangelización comienza con la naturaleza de Dios. ¿Quién es Dios? ¿Puede el hombre reconocer algo de su pecado si no tiene una norma con la cual compararse? Si no le decimos nada más que cosas triviales que inquieta la mente carnal (24), ¿podrá alguna vez ser llevado a un arrepentimiento auténtico y una fe auténtica?
1. No comencemos con: “Dios te ama y tiene un plan maravilloso”. Tenemos que comenzar un diálogo a fondo sobre quién es Dios. Y tenemos que decirle a la persona desde el principio ¡que puede costarle la vida (Mat. 16:24)!
2. Y luego de aquel comienzo equivocado, siguen preguntas exploradoras: “Sabes que eres pecador, ¿no?” Eso sería como si, cuando mamá se estaba muriendo de cáncer hace unos años, el médico hubiera entrado y dicho: “Eh, señora, sabe que tiene cáncer, ¿no?” Tratamos el tema con demasiada superficialidad. No tiene peso ni solemnidad.
En cambio tenemos que decirles: “Señor, sufre usted de un mal mortal y será juzgado por él”. Porque si meramente decimos: “Señor, usted sabe que es pecador, ¿no?” no llevaremos a ninguna convicción. Si le preguntamos al diablo si sabe que es pecador, responderá: “Pues sí, lo soy. Y uno muy bueno o muy malo, dependiendo del punto de vista. Pero sí, yo sé que soy pecador”.
La pregunta no es: “¿Sabes que eres pecador?” La pregunta es: “¿Está obrando el Espíritu Santo en tu corazón por la predicación del evangelio de tal manera que ha causado un cambio por lo que ahora aborreces el pecado que antes amabas, y ahora huyes del pecado que antes querías cometer como si te estuvieras escapando de un dragón?”
3. Hoy la gente también pregunta: “¿Quieres ir al cielo?” Esta es la razón por la que no dejo que mis hijos vayan al 98% de las Escuelas Dominicales y Escuelas Bíblicas de Vacaciones en las iglesias evangélicas: una persona bien intencionada, después de mostrar la película Jesús, se pone de pie y dice: “¿No es Jesús maravilloso? “Sí” responden los niños.
“Niñitos, ¿cuántos de ustedes aman a Jesús?” “Yo, yo”.
“¿Quién quiere que Jesús venga a su corazoncito?” “Yo quiero, yo quiero”.
Y después de esto se bautizan. Y pueden andar como cristianos por un tiempo porque les han enseñado bien. Se están criando en una especie de cultura cristiana, bueno, al menos en una cultura de iglesia. Pero cuando llegan a los 15 o 16 años, cuando ya están formando sus propios criterios, empiezan a romper los lazos. Comienzan a vivir en iniquidad. Y entonces los reprendemos diciendo: “Ustedes son cristianos, no están viviendo como si lo fueran. ¡Ya basta de hacer lo que no deben!”
En lugar de esto, debemos acercarnos a ellos bíblicamente y decir: “Hiciste una confesión de fe en Cristo. Lo profesaste aun en el bautismo, pero ahora parece que te has apartado de él. Examínate. Pruébate. ¡Hay poca evidencia en ti de una verdadera conversión!”
Y después de la universidad, cuando tienen 24 o 25, o quizá 30 años, regresan a la iglesia y vuelven a dedicar su vida al Señor. Se acomodan bien a la pseudo moralidad cristiana que cunde en el “iglesierismo” de la actualidad. En el Día Final, escuchan esto: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mat. 7:23).
Ustedes dirán: “Hermano, está usted tan enojado”. ¿Acaso no tengo derecho a estarlo? Alguien tiene que clamar pidiendo un avivamiento. Todavía ni siquiera hemos enderezado los fundamentos. ¡Oh, que viniera un avivamiento y los enderezara! Pero mientras tenemos los ojos abiertos, los oídos atentos y la Biblia en nuestras manos, ¿no nos corresponde corregir estos errores relacionados con la invitación evangelística?
Otra pregunta común que hacemos es: “¿Quieres ir al cielo?” Mis queridos amigos, todos quieren ir al cielo, ¡pero no necesariamente quieren que esté Dios allí cuando lleguen! La pregunta no debe ser: “¿Quieres ir al cielo?” Lo que debemos preguntar es: “¿Quieres a Dios? ¿Has dejado de aborrecer a Dios? ¿Ha llegado Cristo a ser precioso para ti? ¿Lo anhelas?”
A menudo, para conseguir que alguien ore la oración del pecador, le preguntan: “¿Quieres ir al cielo?” “Pues, sí”, es la respuesta. “Bueno entonces, ¿te gustaría orar para pedirle a Jesús que venga a tu corazón?” Ahora bien, amigos míos, hay gente que se convierte usando esa metodología, pero no es por ella. ¡Es a pesar de ella!
En cambio, tenemos que estar preguntando: “Amigo, ¿anhelas a Cristo? ¿Tienes conciencia de tu pecado?”
“Sí, sí, la tengo”.
“Entonces observemos algunos pasajes bíblicos que nos explican qué es el arrepentimiento, siendo el Espíritu testigo de que esto está sucediendo en tu vida. ¿Comprendes lo destrozado que estás? ¿Ves la desintegración de todo lo que pensabas, y que ahora tu mente está llena de pensamientos nuevos acerca de Dios y de nuevos anhelos y nueva esperanza?”
“Sí, lo veo”.
“Amigo, quizá sean estos los primeros frutos del arrepentimiento. Ahora, acude a Cristo. Confía en él. ¡Confía en él!”
Presten atención. Ustedes tienen la autoridad de compartir el evangelio. Tienen la autoridad de contarles a los hombres cómo ser salvos y tienen la autoridad de enseñarles los principios bíblicos de la seguridad del creyente. Pero no tienen la autoridad de decirle a nadie que es salvo. ¡Esa es la obra del Espíritu Santo de Dios!
Pero en lugar de tener esto en cuenta, se le hace pasar al interesado por aquella cosita: “¿Le pediste a Jesús que viniera a tu corazón?”
“Sí”, es la respuesta.
“¿Te parece que fuiste sincero?”
“Sí”.
“¿Crees que Cristo te salvó?”
“No sé”.
“Por supuesto que te salvó porque fuiste sincero y él ha prometido que si le pides que te salve, te salva. Así que eres salvo”.
Y con esto, la persona sale de la iglesia después de cinco minutos de consejería, y mientras el evangelista se va a comer tranquilo, aquella persona sigue perdida. ¡Está perdida!
Esa fue una invitación sin fundamento bíblico. Y si alguna vez la persona duda de su salvación, vuelven a hacer lo mismo. Le preguntan: “¿Hubo un momento en tu vida cuando oraste y le pediste a Cristo que te salvara?”
“Sí”.
“¿Fuiste sincero?”
“Creo que sí”.
“Entonces esto ahora se debe a que el diablo te está molestando”.
Y si la persona vive sin crecer, aun en el contexto de una iglesia sin crecimiento y en continua carnalidad, no importa. Le echamos la culpa a la falta de discipulado personal, y se lo adjudicamos a la doctrina del “cristiano carnal”.
El mito del “cristiano carnal”
¡La doctrina del cristiano carnal ha destruido más vidas y enviado a más gente al infierno de lo que podemos imaginar! 
¿Lidian los cristianos con el pecado? Sí. 
¿Puede el cristiano caer en pecado? Por supuesto que sí. 
¿Puede el cristiano vivir en un estado de carnalidad continuo, todos los días de su vida, sin llevar fruto, y ser verdaderamente cristiano? ¡Por supuesto que no! 
De lo contrario, cada promesa en el Antiguo Testamento que tiene que ver con el pacto de preservación en el Nuevo Testamento ha fracasado, ¡y todo lo que Dios dijo de la disciplina en la epístola a los Hebreos es mentira (Heb. 12:6)! “Cada árbol se conoce por su fruto” (Luc. 6:44).
He visto predicadores que saben mucho de las cosas de Dios, pero cuando se trata de una presentación cabal del evangelio, caen nuevamente en esta metodología que no tiene ningún fundamento bíblico.
Les voy a contar una anécdota, una que representa uno de los momentos más preciados de mi vida como cristiano.
Estaba predicando en Canadá, apenas a 30 kilómetros de Alaska. ¡En realidad había en el pueblo más osos pardos que gente! Era una pequeña iglesia de unas 15 o 20 personas, y yo me disponía a predicar. Entonces, justo cuando me puse de pie en el púlpito, entró un hombre enorme y fornido, de unos 60 o 70 años. Podía habernos ganado en una pelea a todos los presentes. Y al estar predicando y observar su rostro, descarté todo lo que tenía planeado decir y empecé a predicar el evangelio. Aquel era el ser humano más triste que había visto en mi vida. Prediqué solo el evangelio y más evangelio; cuando terminé, bajé del púlpito y caminé derecho hacia él.
Le pregunté: “Señor, ¿qué le pasa? ¿Qué es lo que le está afligiendo el alma? Nunca en mi vida he visto a un hombre tan triste y desanimado”. Sacó un sobre grande donde tenía unas radiografías que yo no entendía. Pero él me dijo: “Recién vengo del doctor. Me voy a morir en tres semanas”. Y me contó: “He vivido toda mi vida en una hacienda de ganado. La única manera de llegar a la hacienda es en un hidroavión o a caballo por las montañas”. Agregó: “Nunca he ido a la iglesia, nunca he leído la Biblia. Creo que hay un Dios, y cierta vez oí hablar de alguien llamado Jesús. Nunca en mi vida había tenido miedo… pero ahora estoy aterrorizado”.
“Señor, ¿comprendió usted el mensaje, el evangelio?”, le pregunté.
“Sí”, respondió él.
Ahora bien, en ese momento, ¿qué hubieran dicho la mayoría de los predicadores? “Bueno, ¿quiere pedirle a Jesús que venga a su corazón?” es lo que hubieran dicho.
Yo le dije: “Señor, ¿lo comprendió?”
Él respondió: “Lo comprendí, pero, ¿eso es todo? Un niño podría haber comprendido eso. ¿Es eso todo, que si lo comprendo y oro, o…?”
“Señor, en tres semanas usted morirá. Yo tenía que partir mañana. Cancelaré mi vuelo y nos quedaremos aquí con las Escrituras luchando y clamando a Dios hasta que usted o se haya convertido o haya muerto yéndose al infierno”.
Y así fue que empezamos. Comencé en el Antiguo Testamento, seguí con el Nuevo Testamento y con cada versículo bíblico que tiene que ver con las promesas de Dios acerca de la redención y salvación, repitiéndolos sin parar, leyendo Juan 3:16, orando por un rato, clamando a Dios, haciéndole preguntas relacionadas con el arrepentimiento, relacionadas con la fe, relacionadas con la seguridad del creyente, trabajando hasta que Cristo hiciera su obra en él. Y al final, aunque agotados, no había pasado nada. Dije: “Amigo, oremos”. Y oramos.
Le dije: “Vuelva a leer Juan 3:16”. “Lo hemos leído un millón de veces”.
“Lo sé, pero es una de las promesas más grandes de salvación. Vuelva a leerlo”.
Y nunca lo olvidaré. El hombre tenía mi Biblia sobre sus rodillas sosteniéndola con aquellas manos enormes y dijo: “OK. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio… ¡soy salvo, soy salvo! ¡Hermano, todos mis pecados han desaparecido! ¡Tengo vida eterna! ¡Soy salvo!”
“¿Cómo lo sabe?” le pregunté.
“Pero cómo, ¿acaso no ha leído usted este versículo?”
¿Qué estaba pasando? Un obrar del Espíritu de Dios, en lugar de esas triquiñuelas de las que tantos se valen. ¡Qué! ¿Quieren ustedes irse a comer? ¡Qué! ¿Creen que la predicación es una función, después de la cual se van al hotel? No, después de le predicación es cuando comienza la obra. Es ocuparse de las almas. En cambio, la gente pasa al frente en las reuniones para ser aconsejados por alguien que no debiera estar aconsejando. Y después de cinco minutos, le entregan la oración del pecador por escrito para que la oren y una tarjeta para que la firmen. Y, rápido, le dan la tarjeta al pastor, y el pastor dice: “Quiero presentarles a un nuevo hijo de Dios. Denle la bienvenida a la familia de Dios”. ¡¡Cómo se atreven!!
Si van a presentarlo, lo que corresponde decir es: “Esta noche este hombre hizo una profesión de fe en Jesucristo. Y por nuestro temor de Dios y nuestro amor por las almas, estaremos ahora trabajando con él para asegurarnos de que Cristo realmente ha obrado en él, de que realmente tiene una comprensión bíblica del arrepentimiento y la fe y gran seguridad y gozo en el Espíritu Santo. Eso es lo que vamos a hacer”.
¡Miren lo que hemos hecho en el cristianismo moderno! Les ruego que observen lo que estamos haciendo, porque este no es ningún rito extraño. Somos nosotros de lo que estamos hablando. Les ruego: Basta. Por favor, ¡basta!
(23) becerro de oro – se refiere al becerro de oro construido por Aarón en el Monte Sinaí, lo que llevó a los hebreos rebeldes a rebelarse contra la orden de Dios (Éxo. 32:1-30).

(24) carnal – de la carne, sensual, lo opuesto a la espiritualidad.
Si desea leer o estudiar los 10 cargos completos vaya al siguiente enlace:
Autor: Paul Washer
Fuente: Chapel Library
Transcripción y edición para Blogger de Cesar Ángel. Evangelio primitivo



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