Doctrinas de la Gracia

6 jun. 2019

El Israel de Dios de acuerdo a la teología pactual



INTRODUCCIÓN 

Hay mucho más concerniente a los "tiempos del fin" o últimas cosas (Escatología) de lo que nosotros decimos que realmente sucede en los últimos días. Nuestra escatología depende estrechamente de nuestra visión de lo que Dios está haciendo en la historia.

En el centro del debate está la cuestión del "Israel de Dios" (Gálatas 6:16). Por supuesto, esta no es una cuestión nueva. Durante el ministerio terrenal del Señor y después de su resurrección y antes de su ascensión, los discípulos le preguntaron repetidas veces, "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hechos 1:6).

En efecto, había una extendida creencia rabínica y popular de que el Mesías debía de ser un personaje político-militar poderoso de fuerza y destreza Davídica -- "David hirió a sus diez miles" (1 Samuel 18:7). Juan 6:14-15 dice:

“Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: "Éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo." Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo."

No se trataba, como algunos lo entienden, de que no fuera el tiempo, sino más bien de que un reino terrenal era contrario a sus propósitos. De nuevo, al final de su vida, durante su entrada triunfal, no vino a establecer un reino terrenal sino a cumplir las profecías, "No temas, Oh Hija de Sión; mira, he aquí tu rey viene, sentado sobre un pollino hijo de asna" (Juan 12:15; Isaías 40:9; Zacarías 9:9).

Jesús les había enseñado a los discípulos y a otros que él no había venido a establecer un reino terrenal como ellos esperaban, sino que había venido a traer salvación del pecado. Al final, cuando "los hombres de Israel" no pudieron tolerar más su rechazo a someterse a la escatología de ellos, a su plan para la historia, le crucificaron. Las Escrituras dicen:

“De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.” (Mateo 27:41-42).

Es también triste el hecho de que muchos cristianos estén de acuerdo con los principales sacerdotes y los maestros de la ley. El Dispensacionalismo ha sostenido por mucho tiempo que los fariseos tenían el método correcto de interpretar la Biblia, sólo que llegaron a conclusiones equivocadas.

El Dispensacionalismo-Premilenialismo cree que Dios le hizo la promesa a Abraham (Génesis capítulos 15 y 17) de que le daría un pueblo terrenal y nacional de manera que, según el Dispensacionalismo, siempre ha sido la intención de Dios tener tal pueblo, y si los Judíos rechazaron la primera oferta (¡o Jesús rechazó sus términos!) habrá de haber un reino, Judío, Palestino, en el milenio.

De acuerdo con el Dispensacionalismo, Dios estaba tan comprometido con la creación de ese pueblo terrenal y nacional que esta fue la principal razón de la encarnación, nacimiento y ministerio de Cristo. Si ellos hubieran aceptado su oferta de un reino terrenal, Jesús no hubiera muerto. En este esquema, la muerte salvadora de Jesús en la cruz es un feliz sub-producto del plan de Dios para un Israel nacional.

Es también un artículo de fe entre muchos Pre-milenialistas,  el que la creación de un estado Israelí moderno, en Palestina en 1948, sea una confirmación providencial de su reclamo de que los Judíos son el pueblo terrenal y nacional de Dios, y más aún, que Dios continua obrando en la historia en dos trayectorias diferentes, con un pueblo Judío terrenal y con un pueblo Cristiano espiritual.

Esta manera de proceder, de todas formas, está cargada de dificultades. En primer lugar, esta forma de leer los sucesos contemporáneos es muy incierta. ¿Quién de entre nosotros sabe de forma certera el sentido exacto de la providencia? Si un ser querido tiene cáncer, ¿deberíamos especular sobre qué pecado lo causó? Nuestro Señor nos advirtió contra el intentar interpretar la providencia (Juan 9). Si no podemos ni tan sólo intuir el significado de providencias relativamente pequeñas, ¿cómo vamos a interpretar el sentido de providencias mayores? ¿Quién dice que deberíamos centrarnos en un estado israelí? ¿No debiéramos más bien centrarnos en la difícil situación que viven los cristianos palestinos, quienes han sufrido mucho en manos de Judíos y Musulmanes, y en especial desde la formación del Israel moderno?

Aunque resulte emocionante pensar que Dios pueda estar haciendo algo espectacular en nuestros días, da temor pensar que nuestra codicia de emociones no es mejor que el clamor de aquellos israelitas que dijeron, "danos a Barrabás". Bien pudiera ser que la locura de los últimos tiempos que estamos presenciando, primero a finales de los 70, y de nuevo durante la guerra del Golfo y de nuevo en estos últimos años, sea realmente una búsqueda de certeza. Así como las últimas generaciones apartaron sus ojos de la predicación del evangelio y la administración de los sacramentos, en favor de los avivamientos, nuestra generación parece inclinarse por encontrar confirmación para su fe en el ser testigos presenciales del final de la historia. El hecho es que los cristianos a menudo han pensado la misma cosa, y han estado equivocados.

Recuerda que después del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:1) donde Moisés y Elías aparecieron ante su Señor, los discípulos salpicaron a Jesús con preguntas sobre un reino Mesiánico terrenal, sobre si Elías aún había de venir. Jesús les respondió diciendo:

"A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista." (Mateo 17:11-13).

Jesús siempre tiene la intención de predicar la llegada del Reino ("…el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. Marcos 1:15), morir por los pecadores, y gobernar su reino desde donde ahora está, a la derecha del Padre (Hechos 2:36).

Más tarde, en Mateo 19:27-30, después de haber oído las enseñanzas de Jesús sobre la verdadera naturaleza del Reino, Pedro preguntó de nuevo la pregunta del Reino, "He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?", a lo cual Jesús respondió:

"De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros."

Nuestros hermanos Pre-milenialistas interpretan esto como promesa de un reino Judío terrenal, pero Jesús entendió el Reino de una forma bastante diferente. Las parábolas que vienen a continuación precisamente enseñan que Dios no está estableciendo un reino Judío terrenal, sino más bien que "el último será primero, y el primero será último" y que:

"el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará." (Mateo 20:18).

Jesús fue incluso aún más claro con la madre de Santiago y Juan, que andaba buscando trabajo para sus hijos: "Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda." (Mateo 20:21). Él la reprendió diciéndole que no sólo no iba a establecer un reino terrenal, sino que además iba a sufrir y morir y que ellos iban a sufrir y morir por causa de él, porque "el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos." (Mateo 20:28).

Por lo tanto, no podemos estar de acuerdo con el argumento del Dispensacionalista Clarence Larkin, cuando interpreta las palabras de Jesús, "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra." (Hechos 1:7-8), no como una reprensión hacia los discípulos por haber estado buscando un reino terrenal, sino tan sólo como una advertencia a seguir esperando el reino en la tierra.

Más bien, Jesús no vino para formar en la tierra un reino Judío ahora o más tarde, sino que su intención fue tan sólo redimir a todo su pueblo por medio de su muerte en la cruz, y gobernar a las naciones con vara de hierro en su ascensión hasta su regreso en juicio.

Mi argumento es que el propósito principal de Dios en la historia ha sido siempre el de glorificarse a sí mismo por medio de la redención de un pueblo formado por gentes de todos los tiempos, lugares y de todas las razas, cuya gracia Él ha administrado desde la caída, en la historia, en una iglesia visible e institucional, representados por Adán, Noé, Abraham, Moisés, David y ahora Cristo.

Por lo tanto la premisa de que la intención de Dios ha sido la de establecer una nación Judía permanente o milenial es justo al contrario. Nuestros hermanos Dispensacionalistas confunden lo que es temporal con lo que es permanente, y lo permanente con lo temporal.

La Palabra de Dios nos enseña que Jesús es el verdadero Israel de Dios, que su encarnación, obediencia, muerte y resurrección no fue un sub-producto del rechazo de Israel a la oferta de un reino terrenal, sino el cumplimiento del que fue el plan de Dios desde toda la eternidad. Esto es lo que Jesús les dijo a los discípulos en el camino a Emaús. Uno de ellos dijo, "nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel." En respuesta nuestro Señor les dijo:

"¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían." (Lucas 24:25-27).

El apóstol Pablo resumió esta misma enseñanza cuando les dijo a los corintios que no importa cuántas promesas Dios os haya hecho, "todas son Sí en Cristo" (2 Corintios 1:20).

Los Bautistas Particulares del siglo XVII lucharon por el federalismo bíblico enseñando que éste era la forma más consistente de interpretar las Escrituras.

Es el federalismo lo que caracteriza a lo Bautistas Reformados y es también lo que los separa de los hermanos presbiterianos y de los dispensacionalistas.

¿Quién es el verdadero pueblo de Dios? ¿Está ese pueblo conformado sólo por creyentes, o está compuesto de los creyentes y sus hijos? La respuesta a esas preguntas acerca de la continuidad y discontinuidad y la unidad y diversidad de las Escrituras es lo que nos hace Bautistas Reformados.



Los dispensacionalistas, como se muestra en el cuadro, tienden a insistir en la discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo pacto. Este sistema teológico enseña que Dios tiene dos pueblos distintos, Israel y la Iglesia, un pueblo físico y un pueblo espiritual.

Además, según ellos, Dios tiene dos objetivos distintos, uno con respecto a la nación de Israel y otro referente a la Iglesia. Dios había escogido a Israel en el Antiguo Testamento para bendecirlo y hacer de él una gran nación, sin embargo, este propósito falló.

Dios, entonces, se enfocó en la Iglesia, el pueblo espiritual, al cual está edificando hasta su consumación. Una vez que esto haya ocurrido Él se volverá de nuevo a Israel para cumplir las promesas físicas que le había hecho a Abraham y a David.

Es por ello que los Cristianos Sionistas creen que uno de los propósitos de la Iglesia debe ser ayudar a la nación de Israel a reconstruir su templo y poseer la tierra de Palestina.

Los presbiterianos, por el otro lado, tienden a insistir en la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo pacto. Para ellos existe una continuidad entre los hijos físicos de Abraham en el Antiguo Testamento y sus hijos espirituales en el Nuevo.

Pero, ¿cómo llegan a estas conclusiones? Bueno, afirmando que el Antiguo pacto y el Nuevo eran tan sólo una diferente administración del mismo pacto de gracia. La razón por la cual ellos incluyen a los infantes como miembros del Nuevo Pacto es precisamente porque creen que el pacto de gracia fue hecho en las Escrituras, según ellos, entre Dios y los creyentes y sus hijos.

El error presbiteriano y dispensacionalista está en hacer de la descendencia física, ya sea el judío incrédulo como el niño incrédulo del creyente, parte del verdadero pueblo de Dios.
Como lo muestra el cuadro, los Bautistas Reformados insisten en una unidad y una discontinuidad claras entre el Antiguo pacto y el Nuevo.

El federalismo bautista no mira a los diferentes pactos bíblicos del Antiguo Testamento como administraciones del pacto de gracia, sino como la progresión de distintos arreglos hechos por Dios con los hombres con el fin de servir, tipificar y finalmente establecer el pacto de gracia en la obra de Cristo.

I. Definición

Entonces, primero que todo debemos definir algunos términos importantes para poder comprender el federalismo bíblico. Y lo primero que debemos comprender es, ¿qué es un pacto?
Bueno, existen diversas definiciones dadas por múltiples teólogos reformados. Meredith G. Kline, académico reformado presbiteriano, lo definió como, “una relación bajo sanciones.” [1]

La manera en que los Bautistas Reformados han entendido la enseñanza bíblica con respecto a los pactos ha llevado a la siguiente definición de pacto, “un arreglo dado soberanamente por Dios, con estipulaciones o sanciones, por medio del cual el hombre puede ser bendecido.” [2]

Y esa es la manera en la que vemos consistentemente a Dios pactando en las Escrituras. Ahora, existen dos tipos de pactos en la Biblia:

a.      Pactos basados en el principio del mérito: En estos pactos las bendiciones dependen del cumplimiento por parte del siervo de las estipulaciones dadas por Dios. La obediencia traía bendición, y la desobediencia, el castigo.

b.     Pactos basados en el principio de gracia: En estos pactos la relación entre el hombre y Dios se basan en lo que Él desea darle al hombre sin basarse en sus méritos.

El otro concepto que debemos definir es el de cabeza federal. La cabeza federal de un pacto es aquel con quien Dios hace el pacto y quien representa a todos los que están relacionados a él por descendencia. Adán, como veremos, fue la cabeza federal del pacto Adánico; Abraham, la cabeza del pacto Abrahámico; David la del pacto Davídico; y Jesús, el representante del Nuevo Pacto.

II. Pactos Bíblicos

Cuando leemos la Biblia y la intentamos interpretar consistentemente podemos llegar a distinguir tres pactos divinos o tres arreglos hechos por Dios con el fin de bendecir a los hombres: Pactum Salutis; el Pactum ad Opera; y el Pactum Gratis, como los llamaron los reformadores. [3]

Ahora, debemos tener claro que en ningún lugar la Biblia usa estos términos (i. el Pacto de Gracia; o Pacto de Redención, etc.). Sin embargo, el hecho de que no se encuentren en las Escrituras no quiere decir que su enseñanza no esté presente en ella.

Por ejemplo, la Biblia nunca usa el término “trinidad,” y esta es una de las verdades acerca de Dios que nos hacen cristianos bíblicos. El término es simplemente una sistematización de la enseñanza consistente de la Biblia con respecto a la deidad.

Bueno, lo mismo ocurre con la teología federal. El hecho de que la Biblia no emplee esos términos no le resta a la verdad que está enseñada en ella acerca de la manera en que Dios se ha relacionado con los hombres a lo largo de la historia humana, esto es, por medio de pactos, distintos unos de otros, pero conformando una unidad en la revelación del plan divino de redención.

A. Pacto de la Redención

Este pacto se refiere al acuerdo hecho antes de la fundación del mundo, en el espacio atemporal, por los miembros de la Trinidad con el fin de salvar pecadores por gracia. Este es el primero de los pactos o la fundación de los demás, y ha sido llamado por muchos “el más grande de todos los pactos de Dios.” (4)

Sin embargo, éste no es el que aparece primero en la Escritura, pero es inferido de la enseñanza consistente de toda la Biblia. Por ejemplo, en el Salmo 2: 6-8 leemos lo siguiente,

“Pero Yo he puesto mi Rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi Hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra.”

Lo que tenemos aquí es una conversación que David, inspirado por el Espíritu Santo, registra entre Dios el Padre y Dios el Hijo en la eternidad, en la cual hay un pacto hecho por el Padre al Hijo de que Éste sería resucitado luego de que fuera muerto por manos de “las gentes” (5) y entronado como Redentor.

En Isaías 42: 5-7 el profeta dice,

“Así dice Jehová Dios, Creador de los cielos, y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.”                                                                               
Aquí, nuevamente tenemos registrada otra conversación entre el Padre y el Hijo, la cual puede ocurrir solamente en la eternidad y en la que el Padre promete dar al Hijo para redimir al pueblo.

Pero, en el Nuevo Testamento también tenemos pistas acerca de este pacto. En Juan 6 el Señor Jesús dijo,

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que a Mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.” [6]

A los fariseos les dijo en Juan 10: 29, 

“Mi Padre que me las dio [las ovejas], es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” En Su oración sacerdotal en Juan 17:9 le pide al Padre, “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son.”

Ahora, la pregunta es la siguiente: ¿Cuándo fue que el Padre le dio un pueblo al Hijo? ¿Cuándo fue que el Padre comisionó a Su Hijo para la redención? Bueno, Pablo contesta esa pregunta en su epístola a los Efesios diciendo,

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo.” [7]

Y el apóstol Pedro afirma lo mismo con respecto a este pacto en 1 Pedro 1: 19-20,

“sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.”

El estudio cuidadoso de la Biblia, como decía A. W. Pink, nos obliga a concluir y confirmar la existencia de un pacto eterno entre Dios el Padre y Dios el Hijo en el cual acordaron bendecir a la humanidad con la redención hecha en Cristo Jesús, por gracia, como vimos, y ejecutado en el tiempo por el Espíritu Santo.

En este pacto, como bien lo aclara Blackburn, [8] el Padre requirió del Hijo dos cosas: primero, que asumiera una naturaleza humana pero sin pecado; y segundo, que el Hijo se pusiera bajo la Ley para pagar la pena del pecado por medio de Su muerte con el fin de ganar la vida eterna y la justificación de aquellos que el Padre había escogido en la eternidad.

Pero, también en este pacto el Padre le promete al Hijo, primero, ungirlo y asistirlo con el Espíritu Santo; segundo, apoyar la obra de Su Hijo; tercero, guardarlo del poder de la muerte y sentarlo a Su diestra; y cuarto, enviar al Espíritu Santo para terminar la obra edificando a la iglesia.

La recompensa del Hijo según la enseñanza bíblica del pacto de la redención fue: primero, la preservación de los elegidos; y segundo, un pueblo de toda raza, lengua y nación.
Lo que nos revela este pacto y la Biblia entera es que la salvación no es un plan B de Dios, sino como dice Blackburn, “un plan cuidadosamente diseñado por Dios en la eternidad para salvar pecadores.” [9]

B. Pacto de Obras

Cuando Dios creó el universo lo hizo pensando en el bien del hombre. A él le dio tres ordenanzas: el día de reposo, el trabajo, y el matrimonio. Y con Adán Dios hizo un pacto inicial de obras.

Adán siendo perfecto, sin necesidad de ser redimido, pero mutable, es decir, con la capacidad de pecar, estaba en un pacto de obras (méritos) en donde se le exigía cuidar del huerto y no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Además, él sería la cabeza federal o el representante de toda su descendencia, es decir, de toda la raza humana.

Si Adán obedecía hubiera ganado la vida eterna para él y esta descendencia que él representaba, pero si desobedecía lo haría bajo pena de muerte para él y sus representados (Génesis 2: 7-17).

Y lo que Génesis 2 y 3 nos muestran es que Adán falló y rompió ese pacto inicial. El hombre desobedeció y la maldición del pacto vino sobre él y su posteridad, y como afirma Pablo en Romanos 5: 12, “así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” [10] Esta es la doctrina del pecado original; es la realidad de que por causa de nuestra relación con Adán todos los hombres nacemos bajo el pacto de obras y bajo su condenación. Como dijo el profeta Oseas,

“Más ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí.”[11]

Cada persona que nace, por su relación con Adán, es un pecador, un criminal, pues en él ha violado en pacto de obras. Por lo tanto, cada hombre está aún, por nacimiento, o como dice Pablo, “por naturaleza,” [12] bajo las obligaciones y maldiciones del mismo.
El hombre, ahora, estaba en la necesidad de un Salvador, de otro que le sirviera de representante.

C. Pacto de Gracia

El pacto de gracia es el desarrollo histórico o temporal del pacto de la redención.
A diferencia de los paidobautistas, como vimos antes, nuestra teología federal ve este pacto de gracia desarrollándose en el tiempo por medio de diferentes pactos, distintos entre sí, pero que juntos van revelando progresivamente el trato de Dios con pecadores, preparando el camino para el cumplimiento del pacto de gracia en el Nuevo Pacto.

Nuestra confesión dice,

“Este pacto se revela en el evangelio; en primer lugar a Adán en la promesa de salvación a través de la simiente de la mujer, y luego mediante pasos adicionales hasta completarse su plena revelación en el Nuevo Testamento...” [13]

Estos diferentes pactos en el Antiguo Testamento, entonces, no son diferentes administraciones del mismo pacto de gracia -ciertamente hay gracia de parte de Dios involucrados en cada uno de ellos- sino que son diferentes arreglos que son revelados progresivamente con el fin de servir como sombras hasta el cumplimiento y establecimiento del pacto de gracia en el Nuevo Pacto.

La unidad que vemos en ellos es que cada uno de estos diferentes pactos forman parte de la revelación del plan divino de redención.

Ahora, este pacto de gracia fue hecho, entonces, entre Dios y Cristo y los elegidos en Él.
Pero, ¿cuáles son, entonces, estos diferentes pactos que revelaban progresivamente este pacto de gracia?



1. El Pacto Adánico o Edénico


2. Pacto Noéico



3. Pacto Abrahámico


4. Pacto Mosaico



5. Pacto Davídico


Para ampliar la información sobre los anteriores pactos puede ir al estudio: Los Pactos bíblicos. Teología pactual de los Bautistas reformados

6. Nuevo Pacto


Este es el cumplimiento del pacto de Gracia que había sido revelado progresivamente por Dios por medio de otros pactos. Se trata de un pacto hecho por Dios con Cristo y los elegidos en Él. Y, además, se trata de un nuevo pacto, es decir, de uno diferente en sustancia y circunstancia.

Dios, por medio del profeta Jeremías le dijo lo siguiente a Su pueblo,

“31 He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. 32 No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. 33 Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. 34 Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.”

Por causa del pecado de Su pueblo, Dios había invalidado el pacto hecho con ellos previamente. Y en ese momento estaba profetizando acerca de un pacto diferente, un nuevo pacto, como lo deja claro el autor de los hebreos cuando dice,

“Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.” [17]

Y este pacto consistía en darle a Su pueblo Su ley en sus corazones; ser su Dios; cada uno le conocería personalmente a Él; y todos serán perdonados por Dios.

Y ese pacto fue firmado con la sangre de Cristo en favor de Su pueblo, los elegidos en Él. El Señor Jesús dijo, “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.”

Pero, debemos entender que se trataba de un pacto nuevo, distinto al antiguo. Y aquí es donde nuestro federalismo ve una discontinuidad con el pacto antiguo.

El Nuevo Pacto era nuevo, primero, en su administración. Es decir, la manera en la que Dios se relacionaría con los hombres no tenía que ver con sus padres o con lo que ellos hicieran (Jeremías 31: 29). Cada uno sería tratado por Dios individualmente.

Segundo, era nuevo en el sentido de que la ley de Dios estaría escrita en los corazones de todos los miembros de ese pacto, es decir, de todos los elegidos en Cristo. Y esto se refiere a la regeneración.

A pesar de que en el Antiguo Pacto esta era una realidad de algunos, no lo era para todos los que pertenecían a Israel. Es decir, a pesar de que Dios había hecho un pacto con Israel, no todos dentro de ese pacto eran regenerados.

Pues, bien, Dios prometió que en ese nuevo pacto todos sus miembros serían regenerados.

Tercero, este Nuevo Pacto es inquebrantable. Es decir, bajo el pacto antiguo los miembros del pacto podían apostatar, sin embargo, en el Nuevo Pacto Dios promete que los miembros verdaderos tendrán Su temor en sus corazones “para que no se aparten de Mí.” [18]

Cuarto, todos los miembros de ese pacto conocerán de manera salvadora a Dios. Y esto fue lo que dijo Jesús cuando en su oración sacerdotal dijo, “como le has dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” [19]

La segunda persona de la Trinidad, entonces, se encarnó, habitó entre los hombres naciendo como judío, sujeto al pacto Abrahámico, Mosaico y Davídico, y mantuvo la ley de Dios a la perfección, tanto externa como internamente, con el fin de representar a Su pueblo como cabeza federal para darles vida eterna.

En Su sangre compró un reino y un pueblo para ese reino. Y por Su sangre el Padre aceptó Su sacrificio, lo resucitó y lo exaltó a Su diestra, como fue acordado en el Salmo 2 en el Pacto de la redención.

Este pacto, entonces, es el cumplimiento del pacto de Gracia en toda su extensión, pero que había sido revelado progresivamente por medio de promesas en el Antiguo Testamento.

Y al ser Cristo la cabeza federal del Nuevo Pacto, entonces sólo aquellos que fueron representados por Él pertenecen a ese pacto. ¿Y quiénes son aquellos a los que Cristo representó? Bueno, los elegidos; los que el Padre le entregó en Sus manos para dar Su vida por ellos.

Por lo tanto, sólo los creyentes pertenecen al Nuevo Pacto, pues sólo ellos tienen a Cristo como su cabeza federal. Y para esto se requiere estar unidos a Él por medio de la fe. [20] Por lo tanto, sólo por medio de la fe puede ser una persona receptora de las bendiciones que vienen adjuntadas al Nuevo Pacto (justificación, santificación, adopción, reconciliación, etc.).

¿Deben ser los hijos de creyentes considerados miembros de la Iglesia, la comunidad del Nuevo Pacto? El argumento paidobautista es que, así como en el pacto Abrahámico se incluían a los hijos de los descendientes de Abraham dentro del pacto, entonces así mismo deben ser incluidos los hijos de los creyentes.

En el Nuevo Pacto no se entra por un nacimiento físico, ni por tener padres creyentes, pues como afirmó Jeremías, cada persona será tratada por Dios individualmente, es decir, que la fe de los padres no ayudará en nada. Al Nuevo Pacto se entra por nacimiento espiritual, es decir, habiendo nacido de nuevo por medio de la fe.

Es la regeneración y la justificación lo que hace a una persona un miembro del Nuevo Pacto. Es por eso que consideramos un grave pecado de nuestros hermanos presbiterianos incluir dentro de la membresía de la Iglesia a los hijos de creyentes, pues la Iglesia es el pueblo de Dios, el cual Él compró con Su sangre, a los que pertenecen todas las promesas y bendiciones de Dios.


Todos los hombres, entonces, nacen bajo el pacto de obras y por lo tanto al tener como su representante a Adán, todos están bajo pecado, condenados y por naturaleza son hijos de ira.

Sin embargo, en Cristo entra un pecador en el Nuevo Pacto, pues lo tiene a Él como su cabeza federal, Aquel que cumplió perfectamente el pacto de obras, y así se apropia de las bendiciones de Dios, incluyendo la tierra prometida a Abraham –no Palestina, sino los nuevos cielos y nueva tierra, la ciudad cuyo arquitecto es Dios.

Son, entonces, solamente los creyentes del Antiguo y del Nuevo testamento, el verdadero pueblo de Dios. Ni los judíos lo son por descendencia física, como lo quieren hacer pensar los dispensacionalistas, ni los hijos de creyentes, como lo enseñan los presbiterianos. Sólo los creyentes son miembros del Nuevo Pacto al tener a Cristo como su representante federal por medio de la fe.

Escribió Jeffrey D. Johnson,

“Solamente Cristo es el cumplimiento de la simiente prometida de la mujer. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Abrahámico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Mosaico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Davídico. Por lo tanto, sólo estando espiritualmente unido a Cristo por fe puede una persona (judío, Gentil, o hijo de ambos) convertirse en un verdadero miembro de la familia espiritual de Abraham, un heredero de la herencia prometida, y por lo tanto miembro del pacto de gracia.” [21]



ISRAEL DEFINIDO

·         A JACOB YO HE AMADO

Hubo pues un Israel antes del Pacto Antiguo. Israel fue el nombre dado a Jacob. Esta es la primera vez que la palabra "Israel" aparece en las Escrituras, como conclusión a la historia de la lucha de Jacob (Gen 32:21-30).

Después de haber pasado la noche luchando con un hombre anónimo, y "cuando el hombre vio que no podía con él" (v.25), Jacob le pidió una bendición. A cambio, el luchador le puso a Jacob el nuevo nombre de Israel, el cual él definió como "luchas con Dios y con los hombres."

Así pues, en la historia de la salvación, todos aquellos que provienen del patriarca Jacob son, en un amplio sentido, "Israel". Tan sólo dos capítulos después el término "Israel" es usado para describir el lugar y nombre de los hijos de Abraham, Isaac y Jacob (34:7). En Padam Aram, Dios de nuevo le bendice y le llama a Jacob "Israel" (35:9-10) y repite la promesa hecha a Abraham de ser Dios para Abraham y para sus hijos.

Todo esto parece apoyar la idea de que Israel significa "aquellos que físicamente descienden de Jacob." A excepción de que Jacob no es el principio de la historia. Antes de que hubiera un Israel ya hubo un Abraham y su milagroso hijo, Isaac (Rom 9), y antes de Abraham, dice Jesús, "YO SOY" (Juan 8:58). Fue a Abraham a quien Dios prometió "Yo seré tu Dios, y tú serás mi pueblo." En efecto, Jesús les enseñó a los Judíos en Juan 8 que fue él quien hizo la promesa a Abraham (Juan 8:56). Recuerda también que el primer cumplimiento de esa promesa no vino por "voluntad de varón", sino por el poder soberano de Dios al permitirle a Sara concebir en su anciana edad. Todos estos son factores importantes a recordar cuando nos acerquemos a la respuesta de Pablo a la pregunta ¿Quién es el Israel de Dios?

·         ISRAEL, MI HIJO

En el Éxodo de Egipto Dios constituyó a los hijos de Jacob colectivamente como su "hijo".

"Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito." (Ex 4:23).

Esta no es una declaración casual, sino una descripción deliberada del pueblo nacional. Los hijos de Jacob no son el Hijo de Dios por naturaleza, sino por adopción. Moisés niega que hubiera ninguna cualidad inherente en Israel que hiciera a los hijos de Jacob merecedores de ser llamados el pueblo de Dios.
"No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; si no por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto." (Dt 7:7-8)

De acuerdo con este pasaje hay dos razones por las cuales Dios escogió a Israel, Su amor inmerecido y la promesa hecha a Abraham.

·         ISRAEL EXTRAVIADO

Israel, sin embargo, no era hijo natural de Dios. Esto se vio claramente en el desierto, en Canaán y finalmente en la expulsión cuando Dios cambió el nombre de su "hijo" Israel por "Lo-ammi, no mi pueblo" (Oseas 1:9-10).

Dios desheredó a su "hijo" adoptado, temporal y nacional, Israel, como pueblo nacional precisamente, porque jamás fue la intención de Dios tener un pueblo terrenal permanente. Tras el cautiverio, ellos ya habían cumplido ampliamente su papel en la historia de la salvación. Como señal de este hecho, el Espíritu-Gloria partió del templo. Esto sucedió porque su principal función fue la de servir como modelo y sombra del hijo natural de Dios, Jesús el Mesías (Hebreos 10:1-4).

·         JESÚS, EL ISRAEL DE DIOS

La tesis de este ensayo es que Jesús es el verdadero Israel de Dios y que todo aquel que esté unido a él, sólo por gracia, sólo por medio de la fe, viene a ser por virtud de esa unión el verdadero Israel de Dios. Esto significa que es erróneo buscar, esperar, anhelar o desear una reconstitución de un Israel nacional en el futuro. La Iglesia del Nuevo Pacto no es algo que Dios instituyó hasta que Él pudiera volver a crear un pueblo nacional en Palestina, sino que más bien Dios sólo tuvo un pueblo nacional temporalmente (desde Moisés hasta Cristo) como preludio y avance de la creación del Nuevo Pacto en el cual las distinciones étnicas que hubo bajo Moisés fueron completadas y abolidas (Efesios 2:11-22; Colosenses 2:8-3:11).

Mateo 2:15

En el texto Hebreo la expresión "fuera de Egipto" ocurre más de 140 veces. Esta es una evidencia más de la existencia de un Israel nacional. Cuando Dios dio la Ley dijo, "Yo soy Yahvéh tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto." Eran un pueblo redimido que pertenecía a su Salvador.

Esto es aún más significativo cuando Mateo 2:15 cita Oseas 11:1. La Escritura dice:

Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: "De Egipto llamé a mi Hijo."

Herodes estaba a punto de descargar su rabia sangrienta contra los primogénitos de los judíos. La interpretación inspirada que Mateo hace de las Escrituras Hebreas debe regular nuestra interpretación de las Escrituras, y según la interpretación de Mateo nuestro Señor Jesús es el verdadero Israel de Dios, no el pueblo temporal y nacional de Israel. En efecto, no es nada exagerado decir que la única razón por la cual Dios orquestó el primer Éxodo fue para poder orquestar el segundo Éxodo y que así pudiéramos conocer que Jesús es el verdadero Hijo de Dios y que todos los cristianos son el Israel de Dios sin considerar su etnia.

Dado que Jesús es el verdadero Israel de Dios, por eso en su infancia y de hecho en toda su vida, recapituló la historia del Israel nacional. Todo aquello que el Israel nacional rebelde no haría, Jesús lo hizo: Él amó a Dios con todo su corazón, su alma, su mente y sus fuerzas y a su prójimo como a sí mismo (Mateo 22:37-40).

Gálatas 3:16

De forma similar, el apóstol Pablo argumenta muy claramente que las promesas hechas a Abraham tienen su cumplimiento en Cristo. Gálatas 3:16 dice:

"Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo."

Pablo explica lo que quiere decir. Las promesas hechas a Abraham fueron promesas del evangelio del Nuevo Testamento. Fueron dadas antes de Moisés y fueron cumplidas en Cristo. Jesús es el verdadero hijo de Abraham, él es "la simiente" prometida a Abraham.

El propósito de la Ley dada a Moisés fue el enseñar al Israel nacional y a nosotros la seriedad de nuestro pecado y nuestra miseria (Gálatas 3:22). La Ley administrada a través de Moisés no cambió fundamentalmente la promesa del evangelio dada a Abraham (3:17-20). El Nuevo Pacto no es sino el cumplimiento y la renovación del Pacto con Abraham, y el Pacto con Abraham no fue más que el cumplimiento y la renovación del pacto de Gracia hecho con Adán después de la caída.

·         JESÚS, EL SALVADOR DE ISRAEL

Hechos 13:23

Parte de la confusión que conlleva el tema del plan de Dios en la historia, y por lo tanto parte de la razón por la cual los cristianos están tan confundidos sobre el plan de Dios para el futuro de su pueblo, viene porque muchos no comprenden qué vino a hacer Jesús por el Israel nacional. Jesús no vino a establecer un reino Judío terrenal y nacional, sino que vino a ser su Salvador y el Salvador de todo el Pueblo de Dios, fueran judíos o gentiles.

Nuestro Señor, antes de su encarnación, se identificó a sí mismo con Israel a través del profeta Isaías (43:3) como "el Santo de Israel", su "Salvador." Este es el mismo asunto que el apóstol Pedro trató en su gran sermón de Pentecostés, que David no es el Rey, ya que está muerto. Jesús, puesto que vive, es el Rey y fue sobre Jesús que David profetizó (Hechos 2:19-34).

Más tarde, en otro sermón, Pedro dijo que Dios había ahora "exaltado" a Jesús "a su propia mano derecha como Príncipe y Salvador, para que pudiera darle a Israel arrepentimiento y perdón de pecados."

LOS HIJOS DE ABRAHAM

Con todo este trasfondo, ahora estamos en situación de responder a las preguntas, "¿Quiénes son los hijos de Abraham?" y "¿Quién es el Israel de Dios?" Jesús dijo:

"Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada." (Juan 8:28-29).

Él continuó diciendo que "Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." (vv.31-32) a lo que ellos responden señalando que ellos son descendencia física de Abraham (v.33).

A esto Jesús responde, "Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais" (v.39). Esta es pues la definición que el Señor hace de un hijo de Abraham, un judío, o Israel: Quien hace las cosas que Abraham hizo. ¿Y qué hizo Abraham? Según Jesús, "Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó" (v.56). Según Jesús el Mesías, un Judío, un verdadero Israelita es aquel que tiene fe salvadora en el Señor Jesús ya sea antes o después de su encarnación. Esta es solo otra forma de decir que Jesús es "el camino, la verdad y la vida" y que "nadie viene al Padre" sino por él (Juan 14:6). Este versículo también se aplica a Abraham, Isaac y Jacob así como a cualquiera.

Luego, no debiera sorprendernos encontrar básicamente la misma enseñanza en la teología del Apóstol Pablo. En Romanos 4, Pablo dice que uno es justificado de la misma manera que Abraham fue justificado, solo por gracia, y solo a través de la fe en Jesús (Romanos 4:3-8).

¿Y qué de los Gentiles? Pablo pregunta, "¿Cuándo fue Abraham justificado? ¿Bajo qué circunstancias? ¿Antes o después de ser circuncidado? ¡No fue después, sino antes!" (Romanos 4:11).

"…para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado." (Romanos 4:11-12).

Por lo tanto estas dos preguntas están íntimamente relacionadas. La Justicia ante Dios "viene por fe" (Romanos 4:16), no por guardar la Ley, ni por ser física o étnicamente Judío,

"para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros" (Romanos 4:16)

Esto es así porque, como dijo en Romanos capítulo 2,

"es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios" (Romanos 2:29).

Cristo no vino para reinstalar y fijar la Teocracia Mosaica o a establecer un reino terrenal Judío milenial, sino a salvar pecadores Judíos y Gentiles y a hacerles, solo por gracia, solo a través de la fe, y solo en Cristo, hijos de Abraham.

LA PARED INTERMEDIA DERRIBADA (EFESIOS 2:11-22)

El movimiento de la historia de la redención se da en este orden. El pueblo de Dios fue un pueblo internacional desde Adán hasta Moisés. Bajo Moisés el pueblo de Dios fue temporalmente una nación. Dios instituyó unas leyes especiales, civiles y ceremoniales, para separar a su pueblo nacional de los paganos gentiles. En Efesios 2:14 el Apóstol Pablo describe estas leyes civiles y ceremoniales como la "pared intermedia" entre Judíos y Gentiles. Por causa de esa pared intermedia los Gentiles, considerados como pueblo, estaban "sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (2:12).

Ahora, sin embargo, por causa de la muerte de Cristo, Pablo les asegura a los cristianos gentiles que "vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo" (V.13). ¿Cómo? A través de su muerte, Cristo ha destruido la pared intermedia, ha rasgado el velo del templo, ha destruido y restaurado el templo en tres días mediante su resurrección (Juan 2:19),

"aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades" (Efesios 2:15-16).

Ahora, por virtud de nuestra unión con Cristo, tanto los cristianos Judíos como los Gentiles son "conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2:19); "Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne" (Filipenses 3:3). ¿Por qué? Porque "…nuestra ciudadanía está en los cielos" (Filipenses 3:20). ¿Cómo es pues que el Pre-milenialismo, teniendo dos pueblos de Dios paralelos, no reconstruye esa pared intermedia de separación que Jesús destruyó con su muerte?

NO TODO ISRAEL ES ISRAEL (ROMANOS 9)

Uno de los lugares más claros en las Escrituras en cuanto a este tema es Romanos 9. El contexto de este pasaje es la misma pregunta que estamos tratando ahora, ¿qué sucede con Israel? ¿Quién es el Israel de Dios? ¿Ha abandonado Dios su promesa con Abraham? La respuesta de Pablo es que un judío es quien lo es interiormente, quien ama al Salvador de Abraham. Puesto que Cristo fue circuncidado (Colosenses 2:11-12) por nosotros en la cruz, la circuncisión es moral y espiritualmente indiferente.

"No que la palabra de Dios haya fallado" (Romanos 9:6). La razón por la cual solo algunos judíos hayan creído en Jesús como el Mesías es porque "no todo Israel es Israel. No por el hecho de ser descendientes de Abraham son todos sus hijos." Más bien los hijos de Abraham son contados "a través de Isaac" (9:7). Esto quiere decir que "no son los hijos naturales los que son de Dios, sino los hijos de la promesa" (v.8). ¿Cómo nació Isaac? Por el soberano poder de Dios. ¿Cómo nacen los cristianos? Por el soberano poder de Dios. Cada cristiano es un "Isaac" en cierto sentido. ¿Por qué es así? Por qué:

"-pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama-, se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí." (Malaquías 1:2; Romanos 9:11-13).

¿Cómo puede ser esto? Esto es porque Dios "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca" (Rom 9:15).

"Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece". (Rom 9:16-18).

¿Es Dios injusto? De acuerdo con el apóstol Pablo, como criaturas, no tenemos "derechos" delante de Dios. Dios es el alfarero, nosotros el barro, pero los Cristianos son barro redimido, objetos de misericordia, preparados de antemano para la gloria. Debemos evaluar nuestra condición teniendo como telón de fondo la paciencia de Dios con esos objetos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22-23). Estas vasijas preparadas para la gloria son tomadas tanto de entre los Judíos como de entre los Gentiles (Romanos 9:24). Esto es lo que él prometió en Oseas. Él ha hecho de aquellos que fueran una vez "Lo-ammi", "no mi pueblo", o sea los Gentiles, que ahora fuesen "hijos del Dios vivo" (Oseas 2:23; 1:10; Romanos 9:25-26).

La razón por la cual los Gentiles, que estaban sin la Ley, hayan "obtenido justicia", y que Israel que sí la adquirió por Ley no la tenga, es porque la justificación no es por las obras, sino por gracia (Romanos 9:32). Ellos se tropezaron con Jesús, la piedra de tropiezo. Él no encajó con sus planes nacionalistas, y digo yo, que tampoco encaja él con los planes nacionalistas/Sionistas del Pre-milenialismo.

No es que Pablo no quiera que los judíos no sean salvos, sino que les dice esto porque quiere que los judíos también se salven. La única manera de que un descendiente físico de Abraham, Isaac y Jacob sea un verdadero Israelita es unirse al verdadero Israel de Dios, a Jesús, por medio de la fe. "Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Romanos 10:12-13). "No todos los Israelitas han aceptado el Evangelio."

¿Ha rechazado Dios a su pueblo? No, los escogidos son su pueblo, y todos los escogidos serán salvos. Hay también judíos creyentes. Pablo se pone a él mismo como ejemplo (Romanos 11:1). Él es parte del remanente escogido que no ha doblado su rodilla ante Baal. "Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia" (Romanos 11:5-6). Lo que Israel buscó ansiadamente no lo obtuvo, pero los escogidos sí. Los demás fueron endurecidos.

La elección de Dios de unos y la reprobación de otros son dos hechos de la historia de la redención que Pablo saca a la luz con la pregunta "¿Quién es el Israel de Dios?". Y de nuevo enseña: La salvación es solo por gracia, solo por medio de la fe, y solo en Cristo; y "Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos…" (Rom 11:7).

¿Ha acabado Dios de salvar judíos? De ninguna manera. La salvación ha venido a los Gentiles para "provocar a Israel a celos" (Rom 11:11). Los Gentiles, por el favor inmerecido de Dios, han sido injertados al Israel de Dios. Y "ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo" (Romanos 11:25-26).

LOS CRISTIANOS SON EL ISRAEL DE DIOS EN CRISTO

Gálatas 6:16

Dado este trasfondo, no debiera sorprendernos nada el hecho de que los apóstoles llamaran a ambos, judíos y Gentiles, "el Israel de Dios." Este es el lenguaje de Pablo refiriéndose a la congregación mezclada de Galacia.

1 Pedro 2:9-10

El apóstol Pedro usa el mismo tipo de lenguaje para describir las congregaciones de mayoría gentil en Asia Menor, a quienes escribe diciendo, "vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia."

Hebreos 8:8-10

Según el escritor a los Hebreos, aquellos que invocaren el nombre de Cristo son "la Casa de Israel." Cualquiera que haya creído en Cristo es un heredero de las promesas del Nuevo Pacto.

CONCLUSIÓN

¿Ama a los judíos el Dios de Abraham, Isaac y Jacob? Sí. ¿Tiene un plan para los judíos? Sí, el mismo plan que prometió a Adán, la simiente de la mujer, el mismo plan que prometió a Abraham, "la Simiente." Esa simiente es una: Cristo. Él es el Santo de Israel, él es el Israel de Dios. Él hizo lo que Adán no. Él hizo lo que un Israel terco no quisiera ni pudiera haber hecho. Él sirvió al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerzas.

Muchos de los Judíos, de todas formas, no estaban buscando un Salvador. Buscaban un rey. Jesús es Rey, pero ganó su trono mediante su obediencia y muerte, y eso no es lo que ellos querían. Ellos querían gloria, poder y un reino teocrático, político, y físico en esta tierra. Jesús ha establecido su reino, a través de la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos. Este reino puede que no sea tan emocionante como gobernar desde Jerusalén durante una era dorada en la tierra, pueda que no venda tantos libros ni llene tantas butacas en los cines, pero el mundo nunca ha encontrado al Jesús de las Escrituras muy interesante. Por eso él es piedra de tropiezo para los judíos sionistas y locura para los griegos. Para los cristianos, sin embargo, él es el Cristo, "poder de Dios, y sabiduría de Dios" (1 Corintios 1:24).

Editado y redactado por Cesar Ángel. Evangelio primitivo

Bibliografía:

1. El Israel de Dios. Por R. Scott Clark
Traducción al español: David Barceló, abril 2002.
Fuente: iglesiareformada.com
© R. S. Clark, 2001

2. Porque soy Bautista reformado. Nuestro Federalismo
Pastor Eduardo Flores

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