Doctrinas de la Gracia

13 dic. 2019

SOBERANÍA Y SUFRIMIENTO. Capitulo 3. Los neo-carismáticos



LOS NEO-CARISMATICOS:
El movimiento de prosperidad

por Rev. Roger L. Smalling, D.Min.

SOBERANÍA Y SUFRIMIENTO

Miré entre la multitud esperando bajo la carpa. El gentío usual: una mezcla interesante de caras latinoamericanas, desde niños hasta ancianos. Unos pocos adolescentes se escondían tímidamente en las sombras, temerosos de ser vistos por sus amigos. Muchos escucharon el rumor de que los “gringos” estaban exhibiendo películas bajo la carpa. En este pueblo no había ninguna sala de cine y pocos tenían televisores, lo que hacía nuestra campaña evangelística el mejor espectáculo del momento.

Esta típica multitud sudamericana tenía una cosa en común. Ninguno había escuchado una exposición clara del Evangelio. Lo que yo iba a predicar en los próximos minutos tenía que ser simple y claro. Comencé diciendo: ¡Dios es un Dios bueno!

Cuando declaré esto, me di cuenta de que aquellos que serían salvos esa noche, enfrentarían pruebas en los meses venideros. Sería necesario ayudarlos a entender quién es Dios y lo que significa “bueno.” Supe también que este proceso de aprendizaje no es fácil.

Cuando la gente comienza a madurar en Cristo, pronto se da cuenta de que la definición de la palabra “bueno” no es tan obvia como pensaba previamente. Al fin y al cabo, el convertido sufre un revés, una enfermedad en la familia o un problema financiero. Él aprende de la Biblia que Dios es Todopoderoso. ¿Por qué, entonces, Dios no resuelve este problema? Sus amigos le dicen que el diablo lo causó. ¿Significa esto que Dios no tiene control sobre el diablo?

Muy pronto la brigada local de la fe informa al convertido que el problema es debido a su falta de fe. Le dicen que es su culpa. El nuevo convertido se pregunta: ¿Depende todo de mí? Pero no se siente capaz de enfrentar el problema.

En resumen, el convertido se encuentra ante el viejo dilema: la soberanía de Dios y el sufrimiento de los justos. ¿Es posible responsabilizar a Dios aun cuando continuemos amándolo y confiando en Él?

El único problema con el lema “Dios es un Dios bueno,” reside en un posible malentendido de la palabra “bueno.” A veces pensamos que el vocablo “bueno” es equivalente a “lo que nos agrada”. Sin embargo, Dios tiene otra cosa en mente. ¿Es lo que nos agrada realmente el bien mayor?  O ¿Es que Dios tiene en mente algo más importante que lo que nos agrada?

“Bueno”… ¿Quién lo define? 

Algunas personas suponen que la prioridad más alta de Dios es el bienestar del hombre. Por lo tanto, definen “bienestar” en términos de beneficios: Salud, riqueza, paz y seguridad. No obstante estamos totalmente engañados si imaginamos que hay alguna verdad en estas afirmaciones.

Hay al menos dos cosas más importantes para Dios. Veamos una de ellas en Romanos 8:28-29: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”

Notemos en este texto que el propósito definitivo de Dios es que seamos conformes a la imagen de Cristo. La prioridad más alta de Dios es la santificación. Llegar a ser como Cristo es nuestro bien mayor, no nuestra comodidad. Esta prioridad es tan alta que Dios aun nos puede hacer temporalmente infelices para que al final tengamos una felicidad suprema.

Recientemente, leí un comentario que me chocó grandemente: “La meta final de la santificación es nada.” Después de recuperarme del impacto, tuve que aceptar esta aseveración. La santificación es la meta, y Dios nos ama mucho como para renunciar a su compromiso de santificarnos. La santidad no tiene propósito más allá de sí misma. Nuestra felicidad es un resultado de nuestra santificación.

Se deduce, entonces, que Dios define el término “bueno” como todo aquello que produce santidad en nosotros. Todos los demás principios de la Escritura están subordinados a esto.

   Considerando ello, es menos sorprendente que los cristianos experimenten pruebas y sufrimientos. Dudoso sería que los creyentes no sufrieran más de lo que sufren.

Otra consideración, y acaso la de mayor importancia, es la gloria de Dios. Considere lo siguiente: Dios creó al hombre conociendo perfectamente que este caería. ¿Por qué?

Romanos 9:21 sugiere la respuesta: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (NVI). La más alta prioridad de Dios es revelar Su naturaleza. El bienestar del hombre es secundario. La historia completa de la redención, la salvación y la condenación, es el escenario en el cual Dios despliega Sus atributos.

C.S. Lewis trajo a la luz el extraordinario pensamiento de que Shakespeare estuvo equivocado cuando dijo: “El mundo es un escenario y nosotros somos los actores.” A medida que miramos más de cerca el escenario descubrimos que Dios es el protagonista principal y no nosotros. Él es el único sobre el escenario, y nosotros somos meramente el telón.   

La gracia no podría existir sin un pecador. Una hermosa flor no podría crecer sin el abono más elemental el que, por cierto, es tan repulsivo. Pero, ¿Existe la gracia para la mayoría? difícilmente! Si usted les hace el mismo favor a todos, entonces esta actitud llega a ser una política general en lugar de un favor. Una vecina, por ejemplo, nos trae pan fresco hecho en casa, como un signo especial de amistad. Si ella le hace eso a todo el mundo, ya no sería un favor especial. La ira de Dios tampoco podría existir sin el pecador. Para mostrar justicia tiene que haber alguien a quien juzgar. Para creer que Dios nos santificará conforme a su propósito debemos reconocer que Dios es soberano y que no puede fracasar.

Las opciones son claras: Él es soberano o no lo es. 

Hubo una época no muy lejana, en la historia de la iglesia, en la cual si una persona cuestionaba la soberanía de Dios era considerada herética. Aun hoy, hay personas que afirman que las manos de Dios están atadas a menos que alguien ore. Tales declaraciones son una blasfemia porque la Biblia dice:

… Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Daniel 4:35).

Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).

… Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10).

Entonces, ¿Depende Dios del libre albedrío del hombre? Revisemos algunos ejemplos bíblicos.

Nabucodonosor
Este rey pagano de Babilonia cometió tres errores graves. Primero: Se hizo un dios de oro (Daniel 3). IQué actitud tan típicamente humana! El hombre quiere un Dios a quien pueda manipular, y vivir libre de reprensiones por sus pecados. Hoy la gente es más creativa. En lugar de usar oro, simplemente usa su  imaginación e inventa sus propios dioses. 

Segundo: Usó cada medio a su disposición para conseguir que otros adoraran a su dios falso. (Es algo bueno que Nabucodonosor no tuviera radio ni televisión. Él pudo haber tenido éxito.)

Tercero: Atribuyó las obras del Todopoderoso a su dios (Daniel 4:30). El Dios verdadero lo llamó loco.

¿Qué hizo Dios al respecto? Dios tocó el interior de Nabucodonosor y le quitó la razón, el libre albedrío y todo. Lo dejó como una bestia por siete años.

¿Necesitó Dios el permiso de Nabucodonosor para hacer eso? ¿Necesitó las oraciones de alguien para llevarlo a cabo? Después de siete años, cuando Dios tuvo a bien, le devolvió su mente.

¿Qué aprendió Nabucodonosor de esta experiencia cuando recuperó su razón? “… y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano…”

El anticristo y las diez naciones
¿Quién controlará la mente del Anticristo… el falso profeta, la gran bestia y las diez naciones durante los tiempos finales? ¿El diablo?

Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

Los enemigos de Jesús
… a este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios… (Hechos 2:23).

¿Creyeron los apóstoles en la soberanía de Dios con las acciones y la voluntad del hombre?
… y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay… verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera” (Hechos 4:24, 27,28).

¿Controló Dios a los egipcios?
Y he aquí, yo endureceré el corazón de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificaré en Faraón y en todo su ejército… (Éxodo 14:17).

Al examinar estos ejemplos bíblicos vemos que Dios puede controlar todo, incluso la voluntad humana.

Miles de cristianos hoy en día, no saben que Dios es soberano. Alaban una parodia del Dios verdadero que tiene las manos atadas. Tal concepto de Dios proviene de la cultura moderna humanista en lugar de los conceptos bíblicos. Se puede llamar a  este el “dios falso” de la cristiandad moderna.

Según el “Movimiento de la prosperidad,” Dios tiene las siguientes características: Sus manos están atadas al menos que alguien ore. Está sujeto a un conjunto de leyes espirituales superiores a Él mismo. Depende del libre albedrío humano para actuar. Es incapaz de detener a sus rebeldes criaturas que frustran Sus planes tomándolo por sorpresa. Recompensa a los hombres con dinero, en proporción directa a la fe que ellos tienen.

No está realmente al control de este mundo. No es soberano.

Por mucho que tal dios agrade a la naturaleza humana,  tiene un defecto fatal: iNo existe!
¿Cómo es el Dios verdadero?

El Dios de la Biblia es soberano. Controla absolutamente todas las cosas.

Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra (Daniel 4:35).

De esto concluimos que Dios no está bajo ninguna obligación de prestar atención a las protestas de nuestro “libre albedrío” con respecto al proceso de santificación.

Ahora que sabemos la doctrina de la soberanía de Dios, ¿Dónde nos deja esto? Estamos tratando de explicar cómo contestar el dilema del sufrimiento de los buenos sin culpar a Dios. Hemos probado que Dios hace como le place, y nada ni nadie lo limita. ¿No es esto empeorar al dilema? Parece que sí. Al finalizar el análisis veremos que no.

Hay cristianos bien intencionados que tienden a negar la soberanía de Dios para resolver el dilema de un Dios bueno y un mundo malo. Sin embargo, estos cristianos no consideran la posibilidad de que Dios no quiere librarse del dilema. Quizás tenga un propósito con tal dilema y no quiere que nadie se lo quite. 

Muchos cristianos consideran esta solución completamente aceptable. Sugieren que Dios nos ha delegado parte de Su autoridad y que las respuestas a todos nuestros problemas yacen en nosotros mismos. Sus manos están efectivamente atadas en cierta manera, a menos que actuemos en su favor. Así parece que el dilema está resuelto y podemos abandonar la discusión y olvidarnos del problema.

Pero hay un elemento suelto que nos obliga a revisar esta explicación. Si Dios ha entregado una parte de Su soberanía al hombre, entonces no merece toda la gloria. Debemos determinar exactamente qué porcentaje de Su gloria le ha cedido al hombre. Solo así sabremos a qué grado podemos adorarle. Después de todo, no queremos darle toda la gloria si nosotros tenemos parcialmente el control. Eso no sería justo, ¿verdad?

Si Él le ha dado veinticinco por ciento de Su soberanía al hombre, entonces deberíamos adorar a Dios un setenta y cinco por ciento y al hombre un veinticinco por ciento. O podemos alterar 2 Corintios 1:24 diciendo: “Porque por el setenta y cinco por ciento de la fe en Dios estáis firmes. He aquí el otro veinticinco por ciento te pertenece a ti.”

En lugar de llamarlo el Todopoderoso, tendríamos que llamarlo el “Casi poderoso.” Perdóneme todo este sarcasmo, pero es claro que negar la soberanía de Dios nos conduce a un dilema peor.

El error básico aquí está en fallar al distinguir la diferencia entre autoridad compartida y abandono de autoridad. Es como una cuenta corriente conjunta. Si usted añade el nombre de otra persona a la cuenta, eso no le quita la autoridad para firmar los cheques, ni está limitado a la aprobación de la otra parte. Si usted quiere, puede arreglar el asunto de tal forma que los otros necesiten su aprobación, sin necesitarlos para nada.  Perfectamente legal y lógico.

¡Qué tremendo error imaginar que Dios ha renunciado a cualquier parte de Su autoridad solo porque la comparte con algunas de Sus criaturas!

He observado a cristianos que poseen un entendimiento sólidamente bíblico de la soberanía de Dios. Atraviesan las pruebas con más facilidad y rara vez preguntan: “¿Por qué permitiste esto?” Entonces, ¿Cuáles son las opciones cuando confrontamos una prueba dura? Tenemos tres, y solo una es la correcta.

Opción uno: Acusar a Dios de injusto por meternos en problemas.
Todas las pruebas espirituales consisten en estar aparentemente abandonados por Dios. Si este sentimiento estuviera ausente, dejaría de ser una prueba válida.

Un arma potente para pasar exitosamente a través de las pruebas, es saber que estas son inevitables. No se preocupe, saber esto no es una confesión negativa. La realidad es así. Pedro nos advirtió: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese…” (v. 12).

Culpar a Dios nos da solamente un sentimiento de alivio temporal y superficial… como cuando estamos tratando de extinguir un fuego arrojándole palos de madera.
    
Opción dos: Someterse pasivamente a la aflicción como la voluntad de Dios, puesto que Él es soberano y pudo haberla  prevenido.
Esta reacción es casi tan peligrosa como la anterior. Algunas religiones se aprovechan de este razonamiento para mantener a los oprimidos en sujeción.

En Jueces 3:2 leemos que Dios dejó a los enemigos en la tierra sabiendo que ellos atacarían a Israel. ¿Por qué hizo eso? Porque quería que los israelitas aprendieran a luchar.

Suponga que los judíos hubieran asumido que Dios estaba enseñándoles a ser humildes. Pudieron haberse acostado en las calles y sumisamente dejar que los carros pasaran sobre ellos. Habrían aprendido la humildad correctamente, pero esa no era la lección que debían aprender. Algunas veces Dios le permite al diablo atacar al creyente para que este aprenda a defenderse.

Recuerdo la historia de un joven estudiante de la Biblia, que sufrió pruebas severas por varias semanas. Nada le salía bien. Todo el mundo se peleaba con él. Una depresión constante lo consumía. Una noche, estando solo, súbitamente gritó: “satanás!, en el nombre de Jesús, ¡fuera!” La paz lo cubrió. Se dio cuenta de que Dios le estaba enseñando el arte de la autodefensa espiritual.

Someterse pasivamente a toda prueba y aflicción no es bíblico, es más, es peligroso.

Opción tres: Someterse a Dios pero resistiendo la aflicción, aun si sabe que Dios en su soberanía la permitió.
Desde el punto de vista de algunos, nunca en la historia de la humanidad ha existido un aguijón tan agudo como el de Pablo. Algunos dicen que era una enfermedad. Otros dicen que no.

Al enfrascarse en estas disputas, los cristianos pierden los puntos principales de la lección. Si para Dios eso fuera muy importante, el texto señalaría claramente lo que era el aguijón. Observemos algunas reacciones de Pablo con respecto a su  aguijón: 

Primero, nunca paró de enfrentar su aflicción. Él peleó. Tan simple como eso.

Segundo, observe la forma en que peleó. Fue con oración humilde y persistente. Él le pidió a Dios que se lo quitara. No se lo ordenó, ni trató de manipular a Dios. Hizo algo mejor que eso: simplemente oró. Nunca trate de manipular a Dios. Cada vez que lo intento, recibo reprensiones del Señor.

Note también que Pablo oró más de una vez sobre su problema. Algunos han pensado que es falta de fe orar dos veces por la misma cosa. Pablo no pensaba así. Si mi carro no arrancara al primer intento, lo intentaría otra vez hasta que arranque.

La forma como Pablo trató este problema demuestra que el resultado final dependía de la soberanía del Señor.

Indudablemente, si Dios le hubiera dicho a Pablo que la solución era pararse de cabeza y clamar: “Salve al Rey”, él lo habría hecho, porque estaba dispuesto a hacer lo que el Señor le dijera que hiciera, aun si eso fuera no hacer nada.

En efecto, “no hacer nada” es exactamente lo que el Señor le dijo que hiciera: “Bástate mi gracia.” Aun más, Pablo no perdió su santa agresividad. Aceptó esa gracia y la aprovechó para glorificar a Cristo.

Alguien me preguntó acerca de la diferencia entre un ataque satánico y una prueba divina. Realmente no importa. Puesto que Dios es soberano, ambas circunstancias son siempre lo mismo. Dios le permite al diablo atacarnos porque desea que nosotros lo derrotemos. Si no fuera por el diablo, la Iglesia sería perezosa y los cristianos aprenderían poco.

El libro de Job ilustra esto con claridad: Dios afirmaba la sinceridad de Job, mientras que Satán la negaba. Esto resultó en una prueba de la integridad de Job, siendo Satanás la causa inmediata y activa, y Dios la causa final y pasiva.

Vemos entonces que tanto Satanás como Dios usaron los mismos eventos pero con intenciones opuestas. La diferencia, entonces, entre un ataque satánico y una prueba divina, no está en los medios sino en los propósitos opuestos. Satán quiere probar lo peor de nosotros, y Dios desea probar lo mejor. Así que es un desperdicio de tiempo tratar de encontrar cuál es cual. Simplemente sométase a Dios y presente batalla ante la aflicción.
“En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:22).

Algunas veces la esencia de la prueba espiritual gira alrededor de una pregunta: ¿Cuál es la calidad de nuestro amor? Amamos a Dios porque hace cosas buenas por nosotros. Pero en el reino de Dios esta clase de amor es inferior. Él quiere que nosotros le amemos por lo que es y no por lo que nos da. Esto implica una elección mental más que emocional. En tiempos de prueba es necesario hacer este tipo de elecciones.

Lo anterior nos da ciertas pautas para atravesar pruebas ordinarias pero, ¿qué acerca de las verdaderas tragedias, como la pérdida de un ser amado o un accidente con consecuencias terribles? Estas desgracias difícilmente pueden ser catalogadas como “pruebas.”

Un trágico accidente ocurrió durante nuestra conferencia misionera en Ecuador, en 1981. Un camión que transportaba a casi una docena de jóvenes se volcó debido a un error del conductor, que era una dama misionera. Fue un milagro que nadie muriera, pero un niño de ocho años quedó lisiado de su pierna derecha. La misionera estaba confusa y se sentía culpable. Pocos días después del accidente, ella me hizo la inevitable pregunta: “¿Por qué Dios lo permitió?”

Yo esperaba esa pregunta, así que quise estar preparado con una respuesta. Haciendo a un lado mi propia frustración, le respondí con otra interrogación: “Aun si Dios nos diera la respuesta, ¿aliviaría eso el dolor del niño o el tuyo? No siempre tenemos explicaciones a las tragedias, pero tenemos la promesa de Romanos 8:28.” Para mi gran sorpresa, esa respuesta le dio mucho alivio a la dama.

A veces lo único que tenemos es una promesa de Dios. Pero si la creemos, veremos que es suficiente para nuestro consuelo.

Los cristianos con un firme asimiento a la soberanía de Dios atraviesan las pruebas y tragedias mucho más fácil que aquellos que dudan de ella. Esta verdad ha sido el bastión de los santos en todas las edades y a medida que avanzamos a los tiempos finales, debemos asirnos a ella tenazmente.

No se imagine que soy un sufridor experto porque proclamo estas verdades. Admiro a aquellos hermanos dulcemente pasivos, que aceptan las dificultades con una quietud reposada. ¿Son así por gracia o es realmente el resultado de una predisposición natural del temperamento? Sería dudoso si todos mis lectores fueran así. En lo personal, prefiero las rabietas.

Para mi disgusto, descubrí muy temprano que Dios permanece inmóvil ante mis protestas. Él continúa la prueba de todas maneras. Aparentemente, podemos añadir tenacidad a Su lista de atributos. Él parece determinado a bendecirnos con cualidades morales que no sabíamos que eran parte del convenio cuando aceptamos a Cristo.

Lamento no haber resistido las pruebas pasadas de manera más victoriosa. Espero hacerlo mejor en el futuro. Sería muy simple si solo pudiéramos hallar la forma de quitarle al sufrimiento ese pequeño detalle: el dolor!

Aparte de eso, el sufrimiento sería completamente tolerable. 

Lo digo para aclarar que conocer unas pocas verdades acerca de nuestras pruebas y su relación con nuestro soberano Señor, no aliviará el dolor, ni contestará todas las preguntas. Aún dolerá. Pero al menos se vuelven tolerables cuando entendemos que hay significado y propósito detrás de ellas.

Estoy dolorosamente consciente de que los puntos de vista que he compartido no logran explicar bien la expresión “Dios es un Dios bueno.” Sería un tonto si pensara eso.

Así que dejemos el asunto a los pies de Dios, donde Él quiere que esté. Sigamos con humildad, sabiendo que Él es mayor que cualquier concepto que podamos alguna vez imaginar acerca de Él.

En este capítulo aprendimos que…
•       Dios es soberano sobre todas las cosas, incluido el mal. Aunque Dios no es causante del mal, este está bajo su control.
•       Debido a que el valor más preciado por Dios es la santidad del creyente, Él permite que suframos pruebas para santificarnos. Por lo tanto, la falta de fe no es forzosamente causa de enfermedad o pobreza.
•       Aparte de no ser bíblico, es algo muy cruel acusar a una persona de falta de fe, si sufre pobreza o enfermedad.
•       A pesar de la tensión filosófica entre la bondad de Dios y la existencia de la maldad, Dios nos llama a confiar en Él.

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