Doctrinas de la Gracia

23 abr. 2020

EL ISRAEL DE DIOS. A. W. Pink



Primera Parte

Hemos llegado en nuestro estudio a un punto sobre el cual se cierne la más grande confusión hoy día sobre muchos cuarteles. Tan polarizada es la enseñanza que ha sido dada en cuanto a “Judíos” e “Israel”, tan dogmáticas han sido las aserciones hechas por los “dispensacionalistas,” y tan firmemente se las han abrazado como la mismísima Verdad de Dios, que las mentes de miles han sido fuertemente prejuiciadas contra todo aquello que pretenda desafiar a la “nueva luz,” que supuestamente Dios le concedió a ciertos hombres dos o tres generaciones atrás. Una “nueva luz” que terminó por hacer de la Biblia un “nuevo libro” para quienes han recibido este método de interpretación novelesco y así lo aplican a las Sagradas Escrituras. Cuando decimos “novelesco,” nos referimos a todo lo que difiere radicalmente de los principios de exegesis empleados por los siervos de Dios en todas las edades anteriores. Mientras que es cierto que no toda la Verdad fue recobrada en la Reforma, y que los enseñadores puritanos no habrán de ser tenidos por infalibles, con todo, la prudencia nos insta a corroborar doblemente el terreno sobre el cual pisamos, antes de tomar una postura que se opone en mucho a la enseñanza de los siervos de Dios durante lo que fue el período más favorecido. Dios claramente nos ha instado diciendo, “no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1): “probadlos” a través de Su Palabra inerrante. Esto no es algo que pueda lograrse con rapidez, ni siquiera por quienes están bien versados en las Escrituras, y mucho menos aún por quienes tienen apenas cierta idea de sus contenidos. No, necesitamos promover el espíritu Bereano, quienes “escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Y esto no es todo lo que se precisa, está escrito, “encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su camino21” (Sal.25:9): debe haber una predisposición para desaprender, si inconscientemente hemos ingerido falacias, y debemos concientizarnos de que ninguno de nosotros aun sabe nada como lo debe saber (1.Cor.8:2); y por lo tanto debemos humillarnos para con Dios, reconociendo nuestra gran ignorancia, y esperando en oración en Él, por la ayuda y dirección de Su Espíritu. Solo así seremos capaces de “examinarlo todo, y retener lo bueno” (1 Tes.5:21).

Si bien es cierto que la Palabra de Dios es inagotable, y que el Espíritu Santo está constantemente concediendo cada vez más revelaciones de su contenido a los santos, a fin de que los rayos frescos brillen más intensamente desde el Sol de Verdad, con todo, el Espíritu jamás se contradice. Aunque con la revelación que concede a uno puede aumentar la que ya le fue dada a otros maestros de la Palabra, sin embargo, estas variadas revelaciones jamás se oponen entre sí. En vista de esto, los Hijos de Dios están equipados con una regla inamovible mediante la cual pueden medir las enseñanzas de todo aquel que diga ser siervo de Cristo. Existe una “Analogía de Fe” (véase la última cláusula de Rom.12:6 del griego), a la cual necesariamente debe conformarse toda enseñanza sana, y todo lo que entre en conflicto con esta regla básica, se entiende que proviene del error. También están “las huellas del rebaño” (Cantares 1:8), la impronta de aquellos quienes nos han precedido; y por lo tanto podemos saber que toda guía que hoy pretenda dirigirnos a una senda contraria, no hará más que guiarnos lejos de la senda de Verdad.

En estos últimos años, el escritor de todos estos artículos fue considerablemente influenciado por hombres que intensamente insistieron en que en las Escrituras “Judío” significa “judío” y que “Israel” quiere decir “Israel” y no la Iglesia. Para sacar sus conclusiones los “dispensacionalistas” más recientes simplemente retomaron los principios mediante los cuales se rigieron los Hermanos de Plymouth en sus escritos “proféticos.” Por ejemplo, el Sr. J.N. Darby declara una y otra vez en su “sinopsis” que “debemos siempre tener en mente que Israel no fue más que un pueblo terrenal.” Pero en los últimos años todo se ha vuelto cada vez más sospechoso debido a las fuentes de las que estas enseñanzas emanaron (por cuanto es nuestra firme convicción que los Hermanos de Plymouth son extremadamente anti-bíblicos e insanos en muchas doctrinas fundamentales), y en oración nos hemos esforzado por probar tales aserciones, y mientras las sopesamos en las balanzas del Santuario, encontramos que se hallan en falta. No pedimos al lector que acepte nuestro veredicto, pero sí que sepa sopesar lo que sigue y que se haga de un juicio propio al respecto.

Antes que nada examinemos la supuestamente ilustre declaración de que “Israel fue un pueblo terrenal.” Lo menos que podemos decir es que es una declaración muy insensata y sin sentido. Por supuesto que fue un “pueblo terrenal,” por cuanto nadie supone que eran un pueblo “lunar,” habitando allá en la luna, ni uno “marino” viviendo en el mar. Los egipcios, los babilonios, y cualquier otra nación, fueron todos pueblos “terrenales”; incluso el escritor y todos los lectores cristianos son gente “terrenas,” por cuanto aun ni nuestros cuerpos ni nuestras almas han sido trasladadas al cielo. Probablemente intentará decirse que lo que el Sr. Darby y compañía quisieron decir es que la “heredad (porción)” de Israel como pueblo era de carácter “terrenal.” Muy bien, pero incluso esa declaración sigue siendo tan insatisfactoria como engañosa, a menos que se explique y se profundice. ¿Era la heredad de los patriarcas una de carácter “terreno”? Hebreos 11:14-16 claramente enseña lo contrario. ¿Hera la heredad de Moisés una “terrenal”? Hebreos 11:26 claramente responde que ¡no! ¿Y la de David? ¿Si así fuera como habría dicho de sí “peregrino (forastero/extraño) soy en la tierra” (Sal.39:12, 119:19)?

En segundo lugar, acusamos a los “dispensacionalistas” de grave imprudencia por no saber distinguir entre cosas distintas. La cuestión es que el mismísimo hombre que tan a viva voz se jacta de “dividir correctamente la palabra de verdad” ha fallado miserablemente en distinguir entre quien es un judío externamente y quien es un judío internamente, han fallado en distinguir entre el Israel en la carne, y el Israel espiritual. Algunos de los precursores de este esquema extraño y erróneo que ahora estamos refutando, quienes eran más versados que sus discípulos modernos, estaban familiarizados con la distinción que acabamos de exponer (distinción que ha sido observada por todos los maestros piadosos desde los tiempos de los apóstoles hasta la primera parte del siglo diecinueve), pero al parecer poseían un deseo tan ardiente por la originalidad, que deseando ser vistos como quienes habían dado un paso gigantesco en el entendimiento de la Palabra de Dios, desdeñando las “sendas antiguas” (Jer.6:16), cavaron unas nuevas para sí y para sus crédulos admiradores.
Como prueba de la simple, pero importante distinción que nombramos anteriormente, permítasenos ahora conducir la atención del lector a las Escrituras. “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón” (Sal.73:1) ¿Quiénes son tenidos por “Israel” en este texto? ¿La nación israelita? ¿Todos los descendientes en la carne de David que vivieron cuando Asaf escribió este Salmo? Por supuesto que no, por cuanto efectivamente no podría ser dicho de la mayoría de ellos que fuesen “limpios de corazón”; véase el Salmo 12:1. Un “corazón limpio” no es propio (natural) del hombre, sean judíos o gentiles, dado que por ser descendientes de Adán todos nacen en este mundo con un corazón fétido y perverso. Un “corazón limpio” es uno que fue limpiado por las operaciones santificadoras de la gracia divina (Tito 3:5), a través de lavar la conciencia en la sangre de Jesús (Heb.10:22) y mediante la fe don de Dios (Hechos 15:9). Así, la segunda cláusula del Salmo 73:1 nos obliga a entender al “Israel” de la primera cláusula como el Israel espiritual. – El pueblo de Dios escogido, redimido y regenerado – lo cual por supuesto excluye a los israelitas meramente carnales (en la carne).

Otra vez, cuando el Señor Jesús exclamó tocante a Natanael, “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (Juan 1:47), ¿Qué es lo que precisamente quiso decir? ¿Simplemente estaba diciendo, “he aquí un descendiente en la carne de Jacob”? Definitivamente no: el lenguaje que Cristo emplea aquí es discriminatorio, tan discriminante como cuando dijo, “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31). Cuando el Señor dijo que eran “verdaderamente sus discípulos,” estaba dando a entender que los tales lo serían no de palabra únicamente, sino también de hecho: no meros profesantes, sino reales. Y de igual modo, cuando afirmó que Natanael era “un verdadero israelita,” estaba diciendo que era un hijo de Israel genuino, un hombre de fe y de oración, recto y honesto. La  descripción añadida “en quien no hay engaño,” aporta mayor evidencia de que es un ser salvo y espiritual a quien se tiene enfrente: compárese con “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal.22:2).

“Mirad a Israel según la carne” (1 Cor.10:18). Aquí otra vez se utiliza un lenguaje discriminatorio: no tendría sentido hablar de un “Israel según la carne” a no ser que sea con el claro propósito de distinguirles del Israel según el Espíritu, es decir, el Israel espiritual regenerado. Israel “según la carne” fueron los descendientes físicos de Abraham, pero el Israel “espiritual,” ya sean judíos o gentiles carnalmente, son todos cuantos nacieron de nuevo y adoran a Dios en espíritu y en verdad. Seguramente ahora habrá quedado claro para todo lector imparcial que el término “Israel” es utilizado en las Escrituras con más de un único sentido, y que es por los calificativos añadidos que podremos identificar de cual “Israel” se está hablando en cualquiera sea el pasaje. Y a esta altura debería de haber quedado igualmente claro que hablar de Israel como “un pueblo terrenal” sin más es un lenguaje muy vago y confuso, que precisa ser urgentemente modificado y definido.

Solo la confusión puede prevalecer si fallamos en observar que muchas palabras y frases son empleadas con significados diversos; sí, falsa doctrina será enseñada por quienes insisten que cada término empleado por el Espíritu Santo no tiene sino un solo y único significado. Muchos, pero muchos ejemplos pueden ofrecerse para ilustrar esto. Cuantos han errado al sostener que la palabra “carne” siempre se refiere al cuerpo físico. Qué perspectivas deshonrosas se han fomentado de la Expiación al interpretar la palabra “mundo” en Juan 3:16 y 1 Juan 2:2 como a toda la raza humana. Qué puntos de vintas tan superfluos que promueven quienes no distinguen diferencia alguna entre el “arrepentimiento” de Judas (Mateo 27:3) y el arrepentimiento que es “para salvación” (2 Cor.7:10). Cuanto de la terrible superficialidad del “evangelismo” moderno se debe a no saber distinguir entre el “creyente” intelectual de Juan 12:42-43 y de Hechos 8:13, del corazón “creyente” de Romanos 10:10. Y de la misma manera, un daño incalculable ha sido causado por quienes ignoran (o niegan) la distinción bíblica entre “Israel” carnal e “Israel” espiritual, entre la simiente carnal de Abraham y sus descendientes (hijos) místicos.

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham” (Gál.3:7). Los “hijos de Abraham” los hay de dos clases, físicos y espirituales, los unos son sus descendientes en la carne y los otros son quienes están unidos a él por gracia. “Ser hijo de alguien en sentido figurativo, es equivalente a `asemejarse a él, compartiendo su mismo destino, sea malo o bueno.´ La idea es de similitud, tanto en carácter como en circunstancias. Ser “hijos de Dios” implica ser como Dios; y también, como lo declaró el apóstol, es ser `herederos de Dios.´ Ser `hijos de Abraham´ es asemejarse a Abraham,  imitar su conducta, y compartir su bienaventuranza” (John Brown). A lo cual podemos añadir, que ser “los hijos del malo” (Mat.13:38), es ser conforme a su vil imagen, tanto en carácter como en conducta (Juan 8:44), y asimismo compartir su terrible porción (Mat.25:41).

Los judíos carnales de los tiempos de Cristo se jactaban diciendo “Nuestro padre es Abraham,” a lo cual les replico “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais” (Juan 8:39). Ah, los hijos espirituales de Abraham “siguen las pisadas de esa misma fe” (Rom.4:12). Todos cuanto son sus hijos espirituales son “son bendecidos con el creyente Abraham” (Gal.3:9). El apóstol estaba combatiendo aquí el error que los judaizantes procuraban imponerle a los gentiles, a saber, que nadie sino los judíos y los gentiles convertidos al judaísmo mediante la circuncisión física, eran los “hijos de Abraham,” y que por consiguiente solo ellos podían ser coparticipes de sus bendiciones. Pero tan lejos de que eso sea cierto, todos los judíos incrédulos terminaron por cerrarse el Cielo a sí mismos, mientras que todos aquellos que creen de corazón, estando unidos a Cristo – quien es “el hijo de Abraham” (Mat.1:1)- ingresan a todas las bendiciones que Dios pactó para con Abraham.

El doble significado perteneciente a la expresión “hijos” o “simiente” de Abraham se dio a entender muy claramente desde el principio, cuando Jehová le dijo al patriarca, “de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar” (Gén.22:17). Un ojo bien ungido no puede fallar en reconocer una referencia a sus hijos espirituales en la expresión “las estrellas del cielo,” quienes son participantes del llamamiento celestial (Heb.3:1); y en relacionar con su simiente como “la arena que está a la orilla del mar” a sus descendientes físicos22, quienes ocuparon la tierra de Palestina. El mismo principio puede apreciarse en el ejemplo de la persona del nieto de Abraham, progenitor inmediato de las cabecillas de las doce tribus. Poseía un nombre dual, siendo primeramente llamado “Jacob,” su nombre natural, y luego “Israel” (Gén.32:28), su nombre de acuerdo a la gracia. Cuan llamativo es notar que la primera vez que aparece el nombre “Israel” en las Escrituras, le estaba siendo dado a un hombre que sabía que poseía un nombre doble.

“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Rom.9:6). En este versículo el apóstol comienza su discusión sobre el rechazo de los judíos y el llamado de los gentiles, y demuestra como Dios había predeterminado deshacerse de la Nación como pueblo, y extender el llamado del Evangelio a todos los hombres indiscriminadamente. Hace esto enseñando la libertad soberana de Dios para actuar así (vs.6-24), y que ya había anunciado por sus profetas que así sería (vs.25-33). Este era un punto especialmente delicado para el judío, quien erróneamente creía que las promesas de Dios concertadas a Abraham y a su simiente incluían a toda su descendencia en la carne, y que todas esas promesas eran garantizadas mediante el rito de la circuncisión, obteniendo así todas las bendiciones patriarcales: de ahí que dijeran “Abraham es nuestro padre” (Mat.3:9). Era para refutar este error, tan común entre los judíos (y ahora revivido por los “dispensacionalistas”), que el apóstol escribe al respecto.
En primer lugar, afirma que la Palabra de Dios no estaba siendo anulada por su enseñanza (vs.6, primera clausula), ciertamente no; su doctrina no se oponía a las promesas Divinas, por cuanto jamás les fueron hechas a los hombres en la carne, sino más bien a los hombres en la regeneración del espíritu. Segundo, insiste en una distinción importante (vs.6, segunda clausula), la cual ahora procuramos explicar e imprimir sobre nuestros lectores. Señala que existen dos clases de “Israelitas”: aquellos que solo son descendientes en la carne de Jacob, y otros que lo son espiritualmente, siendo solamente estos últimos “los hijos de la promesa” (v.8) – cf. Gálatas 4:23, donde “nacido según la carne” es opuesto a nacido “por la promesa.” Las promesas de Dios fueron hechas a Abraham, Isaac, y Jacob como CREYENTES, y son el alimento espiritual y propiedad de nadie más que los creyentes: Romanos 4:13-16. Hasta que esta realidad no se comprenda correctamente, estaremos perdidos para entender las promesas del Antiguo Testamento. Cuando el Apóstol afirma que “no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Rom.9:6), está queriendo decir que no todos los descendientes de Jacob según la carne pertenecían al “Israel de Dios” (Gál.6:16), es decir, a quienes realmente eran pueblo de Dios en su más alto sentido (significado). Antes bien, muy lejos de esto, muchos de los judíos no eran hijos de Dios en lo absoluto (véase Juan 8:42-44), mientras que muchos que eran de gentiles según la carne, habían sido hechos (por gracia) “conciudadanos de los santos (del A.T), y miembros de la familia de Dios” (Ef.2:19), y “bendecidos con el creyente Abraham” (Gal.3:9). Por consiguiente, el lenguaje del apóstol en la segunda cláusula de Romanos 9:6 tiene el énfasis de, -No todos los que son miembros de la Iglesia visible son miembros de la Iglesia verdadera-. El mismo pensamiento se repite en Romanos 9:7, “ni por ser descendientes (en la carne) de Abraham, son todos hijos – y por hijos se refiere a, “hijos (herederos) de la promesa,” como explica el verso 7 - ; sino: En Isaac (el linaje de la elección y la gracia soberana de Dios) te será llamada descendencia (espiritual y verdadera).” Las promesas de Dios fueron hechas a la simiente espiritual de Abraham, y no a sus descendientes en la carne como tales.

Segunda Parte

(Creemos que una disculpa es casi debida para algunos de nuestros lectores por continuar con esta presente serie de estudios a tal profundidad, y por tratar cada aspecto del tema en detalle; pero nos vemos obligados a tener que hacerlo, por el bien de otro tipo de lectores que lo necesitan con urgencia. Por favor orad a Dios para que tenga a bien utilizar estos artículos para dispersar la niebla del error de las mentes de muchos.)

Retomaremos el punto en el que dejamos nuestro último artículo. En romanos 9:6-7, el apóstol enuncia un principio al cual es muy importante prestar atención: fallar en hacerlo nos conduciría a una muy mala interpretación de gran parte del Antiguo Testamento. El principio establecido es, que Dios tiene una elección dentro de una elección: que mientras la nación de Israel como tal era su pueblo particular, separados de todas las demás naciones, y favorecida con grandes privilegios, con todo, un remanente predestinado de entre ellos habían sido escogidos para salvación y ordenados para Vida Eterna23. Cada miembro de ese remanente escogido era, en el tiempo señalado de Dios, regenerado y santificado por las operaciones del Espíritu Santo, siendo embestidos de una “nueva naturaleza” y fe espiritual. Estos, y solo estos, eran los verdaderos “hijos de la promesa,” y fueron prefigurados por Isaac - nacido después de Ismael fue apartado por Dios, nacido según la promesa, nacido por el poder milagroso de Dios.

Este extraordinario hecho era ignorado por los judíos carnales, y es por eso que los encontramos, al principio del Nuevo Testamento, oponiéndose ardientemente al mensaje del evangelio. Ellos no eran pecadores “perdidos,” “muertos en delitos,” con la necesidad apremiante de nacer de nuevo. Porque según ellos pensaban, ya eran hijos de Dios, tenían a Abraham por padre, y eran personas que “no precisaban de arrepentimiento” (Luc.15:7). Suyos eran los pactos, suyas las promesas, suyo el Mesías. En consecuencia, cuando vino el Mesías y los llamó al “arrepentimiento” (Mat.4:17), presentándose a sí mismo como Aquel que “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc.19:10), lo despreciaron y lo rechazaron, y al final lo crucificaron teniéndole por un impostor blasfemo. Tal era el espíritu contra el cual contendía Pablo, sobre todo cuando los judaizantes procuraban corromper a sus convertidos. Mucho de lo que hay en sus epístolas solo pude ser comprendido a la luz de este hecho.
En nuestro último artículo señalamos como cuando el Apóstol dijo, “porque no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Rom.9:6), estaba queriendo decir, no toda la descendencia de Jacob se corresponde al “Israel” espiritual y verdadero. Entonces añade, “ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia” (v.7). El gran error de los judíos carnales era que pensaban que por ser descendientes físicos de Abraham eran también entonces hijos de Dios. Pero la grandiosa promesa concertada a Abraham no le fue concedida a toda su progenie en general, sino a él y a una “simiente” particular (especial). Como descendientes de Abraham, todos ellos eran en un sentido hijos de Dios, por cuanto Él dijo a Faraón “te he dicho que dejes ir a mi hijo” (Ex.4:23): “pero la calidad de hijos naturales solo prefiguraba a la calidad de hijos espirituales de todos los creyentes de todas las naciones” (Robert Haldane).

El principio aquí establecido por el apóstol no era una invención suya a fin de callar a sus oponentes, sino que era un principio ya ilustrado desde el comienzo de las dispensaciones de Dios en referencia al linaje Abrahámico: a saber, el principio de las promesas limitadas, promesas que siendo dirigidas de manera general, en realidad se están dirigiendo a una clase particular de entre quienes parecería dirigirse. En prueba de esto el apóstol cita las palabras de Jehová a Abraham (registradas en Génesis 21:12), “En Isaac te será llamada descendencia” – a Ismael se lo pasó por alto, al igual que todos los otros hijos que después Abraham tuvo con Cetura. Y es muy evidente por Gálatas 4:28 que Isaac, el hijo de “la promesa,” era un tipo de todos los escogidos, redimidos, y regenerados, de todo el pueblo de Dios.

En estos versículos de Romanos 9 el apóstol no está sino amplificando y probando lo que ya había dicho antes en la Epístola: “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Rom.2:28-29). Aquel que era un judío en lo externo, era uno que lo era meramente de forma nominal, carnal, y nacional; pero aquel que era un judío en lo interior, era uno en donde una obra interna de gracia había sido realizada; el uno tenía la ley de Dios en su mano, el otro en su corazón. El “judío” espiritual y verdadero – en contraste con quienes son “judíos de nacimiento [carnalmente]” (Gál.2:15) – es aquel cuya excelencia es interna, vista y reconocida únicamente por Dios.

Un pasaje paralelo al último que acabamos de tratar es Filipenses 3:3, “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.” ¿Qué puede ser más claro de esto? Y a la luz de esto, quien se atreve a negar que existen dos clases de “israelitas,” dos clases de “judíos,” dos tipos de “circuncisión,” una natural y otra espiritual, y que en el Nuevo Testamento el Espíritu Santo mismo ha apropiado y aplicado a los cristianos los mismos nombres bajo los cuales eran conocidos los santos en los tiempos del Antiguo Testamento. En los versículos anteriores el apóstol advertía a los santos de Filipos contra los judaizantes, “guardaos de los mutiladores,” un término que significa “cortadores”; mas a los cristianos los llama “la circuncisión,” y no porque fueran descendientes de los patriarcas, sino porque a través de la fe gozaban de todos los privilegios del antiguo pueblo de Dios.

La circuncisión era la señal del pacto de Dios. Era una marca de identidad y un signo de separación. La importancia espiritual de la circuncisión fue claramente enseñada en el A.T: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz” (Deu.10:16); “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deu.30:6); “Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón” (Jer.4:4). Mediante la circuncisión el judío profesaba quitar de su corazón todo afecto y pensamiento carnal, en orden de a partir de allí sirvan a Dios en espíritu y en verdad, siendo devotos solo a Él, depositando toda su confianza en Él. Lo mismo sucede con el cristiano genuino: véase Gálatas 5:24, Colosenses 2:11.

La circuncisión del infante judío al octavo día prefiguraba la dedicación a Dios del niño en Cristo. También significa la remoción de nuestra dureza de corazón innata, su iniquidad descubierta ante nuestros ojos (mediante la convicción del Espíritu), lo cual viene acompañado por un dolor y contrición por el pecado, y vergüenza. Así, cuando el apóstol dice respecto de los cristianos, “nosotros somos la circuncisión,” se refiere a que nosotros poseemos la substancia y realidad espiritual de la que el Israel carnal tiene solamente el nombre y la señal física; tal como el Señor Jesús mismo dijo, “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.” (Mat.12:50). Quiso decir que Él los mantiene en esa relación, los ama y se siente por ellos.
“Este dirá: “Yo soy del Señor”, otro invocará el nombre de Jacob, y otro escribirá en su mano: “Del Señor soy” y se llamará con el nombre de Israel.”24 (Isa.44:5). He aquí una profecía notable, que anunciaba ya siglos atrás, de antemano, aquello por lo que ahora contendemos en este artículo, a saber, que los santos del N.T serían llamados por los mismos nombres bajo los cuales fueron llamados los creyentes del A.T. Dado que es muy probable que muy pocos de nuestros lectores hallan alguna vez dirigido seriamente su atención a este pasaje, permítasenos darle, de manera breve, una mirada más profunda.
La profecía citada comienza en el versículo 1 de Isaías 44, y va dirigida a un remanente de entre los judíos que es conforme a “la elección de gracia,” a un “Israel” espiritual dentro del Israel nación. A ese remanente predilecto el Señor les promete un derramamiento, una efusión, de Su Espíritu, véase el verso 3: y nótese cuidadosamente que la expresión figurativa utilizada en la primera mitad del versículo es luego claramente explicada en la mitad restante – esto provee una valiosísima clave para la interpretación de muchos pasajes en los Profetas, en los que Dios promete enviar (dar) “agua,” etc., pero que los materialistas de nuestros días lo carnalizan todo, en vez de verlo espiritualmente. Luego, en el versículo 4 se nos enseñan los benditos efectos de este derramamiento del Espíritu ocurrido en el día de Pentecostés. El versículo 5 nos muestra el éxito del ministerio Apostólico entre los gentiles, quienes no eran llamados por el nombre Israel, pero que serían ahora contados como la posteridad de Jacob en un sentido “espiritual” y como “verdaderamente” Israelitas.

“Sin dudas que apunta aún más lejos, a la conversión de los gentiles, y a las multitudes de ellos que, por el derramamiento del Espíritu luego de la ascensión de Cristo, se unirían al Señor, y serían añadidos a la Iglesia. Estos convertidos son “este y otro” (vs.5): muchos, de todo rango y nación, y todos bienvenidos de Dios: Colosenses 3:11. Cuando uno lo hace, el otro lo hará, mediante su ejemplo, será invitado a hacer así, y luego otro. Primero, se rendirán a Dios. Ninguno lo hará en nombre de otro, sino que cada uno de por sí dirá “Yo soy del Señor”: posee el derecho indiscutible de gobernarme, y me someto a Él, a todos sus mandamientos, a su voluntad toda; soy y seré solamente suyo, enteramente y para siempre. Segundo, serán incorporados al pueblo de Dios, “llamados por el nombre de Jacob,” olvidando su parentela y dejando la casa de su padre, y deseoso de llevar el carácter y la librea25 de la familia de Dios. Amarán a todo el pueblo de Dios, se asociarán a ellos, le darán la diestra de comunión (de compañerismo), etc. En tercer lugar, lo harán de manera solemne, “escribirán en su mano: `del Señor Soy´,” como cuando para confirmar un trato un hombre extiende su mano sobre lo debido y lo entrega como su garantía de acción.” (Matthew Henry).

Otra profecía del A.T. que anuncia la misma bendita verdad se encuentra en Jeremías 31:31, “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.” Los “días que vienen” se refieren a la dispensación Cristiana, tal como queda inequívocamente establecido por la aplicación que el Apóstol hace de este pasaje en Hebreos 8:8-12. El “nuevo pacto” (cf. Lucas 22:20, 2 Cor 3:6) es en contraste al pacto Mosaico. Las casas de Judá e Israel habrán de entenderse místicamente, es decir, incluyendo a todos cuantos son “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef.2:19), la pared intermedia de separación siendo derribada. “¿Quiénes son las personas con las que se hace este pacto: con `la casa de Israel y la casa de Judá, ´ esto es, con la iglesia del Evangelio, el Israel de Dios, en donde yace la paz (Gál.6:16); con la simiente espiritual del creyente Abraham, y del piadoso Jacob. Judá e Israel habían sido dos reinos separados, pero que fueron unidos tras su regreso, en las bendiciones que Dios derramó sobre ellos; así, judíos y gentiles son uno en el pacto y en la iglesia evangélica” (Matthew Henry).

Encontramos otra profecía en el A.T anunciando lo mismo, “Con todo, será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar. Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho: Sois hijos del Dios viviente” (Oseas 1:10). Cuantos de nosotros que hemos sido enseñados de que este pasaje se refiere a los tratos futuros de Dios para con el Israel nación26; pero el N.T deja en claro, y sin lugar a dudas, de que se trata de los escogidos de Dios de entre los gentiles, quienes pertenecen al Israel espiritual. En Romanos 9:24 Pablo dice, “es decir, nosotros, a quienes también llamó, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles”27, lo cual seguidamente prueba diciendo, “Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente” (Rom.9:25-26). “Es cierto que esta promesa (Oseas 1:10) alcanzó su cumplimiento en el establecimiento del reino de Cristo mediante la predicación del Evangelio, atrayendo tanto a judíos como a gentiles; por esto mismo es que tanto Pablo como Pedro aplican estas palabras (1 Pedro 2:10). `Israel ‘aquí, es la Iglesia evangélica, el Israel espiritual” (Matthew Henry).

“Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pe.2:9-10). Es de mucha importancia que reconozcamos que el Antiguo Testamento abunda en profecías y promesas típicas (figurativas) 28. Las diversas denominaciones que aquí se les dan a los cristianos provienen de los nombres descriptivos usados para con la nación de Israel bajo la antigua dispensación, y pertenecen al pueblo de Dios bajo una nueva economía, en un sentido mucho más elevado y con un significado mucho más profundo del que tenían antaño. La Iglesia Novo-testamentaria es en antitipo del Israel en Sinaí.29 El lenguaje de 1 Pedro 2:10 era otro referencia a Oseas 1:10. Habiéndose probado infiel al Israel según la carne, todos sus privilegios espirituales le fueron transferidos a la iglesia del Nuevo Testamento: véase Mateo 21:43.

 “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto [remanente (LBLA-KJV)]) de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto” (Amos 9:11-12). No somos dejados a conjeturar el significado de esta profecía, dado que sus términos nos son infaliblemente explicados en el N.T. Luego de que Pedro contara a la Iglesia en Jerusalén como el Espíritu había sido derramado sobre la casa de Cornelio, Santiago (Jacobo) afirmó, “Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: `Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre´” (Hechos 15:14- 17).

“El tabernáculo de David habría de ser reconstruido, y su reino restaurado por medio del Mesías, pero en un sentido espiritual, por cuanto el “tabernáculo de David” concibe al reino espiritual o a la iglesia de Cristo… `y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar´ profecía que fue cumplida al ser derribado el muro intermedio de separación entre judíos y gentiles, introduciéndolos a ambos en la Iglesia evangélica… ` para que el resto de los hombres busque al Señor´, el Propietario y Constructor de este tabernáculo, y Quien habita en él; esto es, atendiendo a Su culto (adorarle), orarle, y buscarle para vida y salvación. En Amos los tales (quienes así le buscan) 30 son llamados “el remanente [resto] de Edom,” remanente diseñado conforme a la elección de gracia entre los gentiles – los Judíos, generalmente llaman a todas las demás naciones, y especialmente al Imperio Romano, con el nombre de Edom” (John Gill).

Creemos que a esta altura ya hemos dicho suficiente como para convencer a cualquier lector sincero, que el nombre “Israel” es a menudo utilizado de forma mística en el A.T, como también literal; y de que hay “judíos” espirituales como también los hay según la carne. Cuando el Señor dijo a la mujer cananea (probando su fe), “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat.15:24), con toda seguridad que no quiso decir que fue enviado solo a los descendientes carnales de Jacob, por cuanto a algunos de ellos les dijo, “pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho” (Juan 10:26). No, sino que fue a las ovejas perdidas de la “casa de Israel” espiritual o mística a quienes fue enviado. El Israel espiritual está también a la vista en pasajes como Juan 1:31, Hechos 5:31, 13:23, 28:20, a saber, el “Israel” escogido por Dios, los redimidos por el Hijo, los regenerados por Su Espíritu. Oh cuan excelsa alabanza es debida a Su gracia soberana, si quien lee y quien escribe pertenecemos al “Israel de Dios” (Gál.6:16).

21 KJV
22 Naturales, carnales.
23 Traducción literal: “Y ordenados para la eternidad en el Cielo”
24 LBLA
25 Librea: Uniforme de gala que usan algunos empleados para desempeñar su oficio o profesión:
26 Israel en la carne
27 LBLA
28 El término tipo se encuentra 16 veces en el Nuevo Testamento griego con diferentes significados (Jn 20,25; Hch 7,43,44; 23,25; Ro 5,14; 6,17; 1Co 10,6-11; Fil 3,17; 1Ts 1,7; 2Ts 3,9; 1Ti 4,12; Tit 2,7; He 8,5; 1P 5,3). En 1 corintios 10,6 y 11 tiene el significado que queremos considerar aquí: “Empero estas cosas fueron en figura de nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron… Y estas cosas les acontecieron en figura; y son escritas para nuestra admonición, en quienes los fines de los siglos han parado.” La palabra castellana proviene del latín typus, y este del griego tupov; y el diccionario la define, en las dos primeras acepciones, como: “(1) Modelo, ejemplar; (2) símbolo representativo de algo figurado”.
29 Se llama antitipo a la realidad del Nuevo Testamento que se corresponde con el tipo del Antiguo; aunque el término griego también se traduce “figura” en la versión castellana de la Biblia (He 9.24; 1P 3:21).
30 Paréntesis agregado

“El Israel de Dios” es un capítulo del libro “Dispensacionalismo refutado” de Arthur W. Pink. (Traducido y adaptado al español por Mariano Leiras de la versión en inglés “Dispensationalism.”)


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