Doctrinas de la Gracia

24 jun. 2020

LA SANTIDAD de los "siempre salvos"



A los que consideramos que la salvación no se pierde, se nos llama, peyorativamente: “salvos siempre salvos” y se nos acusa de que esta doctrina es una “licencia para irse al mundo a pecar”.


Esta acusación muestra una clara ignorancia de las Escrituras y una muestra evidente del desconocimiento de Dios.

Dios es un Dios de orden, no deja nada al azar. Sus obras no son dejadas a medias.

Es posible que alguien pueda siquiera imaginar que Dios otorga la salvación eterna a una persona y permita que esta persona, ya salva, se vaya al mundo a pecar?

Su palabra dice en filipenses 1: 6 “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”

Y en Efesios 1: 4 dice “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”

Y que harán los escogidos una vez reciban la salvación eterna? Se irán al mundo a pecar?

Veamos Efesios 2: 10 “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Sí. Somos “salvos siempre salvos”, porque una vez que el Espíritu Santo viene a morar en el creyente, no se va nunca más (1 corintios 3: 16; romanos 5: 5). Porque con la salvación viene de la mano la SANTIDAD. El que es salvo, es santo.

Las buenas obras que Dios preparó de antemano para que los salvos anduviesen en ellas, son el resultado y no son causa de la salvación. Indefectiblemente y sin excepción, todo aquel que recibe la salvación, iniciará el camino de la santidad.

Ahora, aclaremos que la santidad no es andar en una nube libre de pecado como creen muchos, entre ellos los católicos, cuya concepción de la santidad es tan errónea que creen que la condición de santo la adquieren y la han adquirido a través de la historia, unas cuantas personas que merecen un pedestal y estatuas de yeso para ser venerados porque eran libres de pecado.  

Recordemos 1 Juan 1: 8 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

Que lejos de la realidad y de las Escrituras, considerar que algún ser humano está libre de pecado.

El apóstol Pablo llama santos a todos los miembros de las Iglesias a las que dirigió sus epístolas. Santos somos todos aquellos que hemos recibido de Dios la herencia incorruptible, las arras y el sello de la vida eterna, que son nuestra salvación.

Lo conforman las Escrituras en   Efesios 1: 14: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”.

Debemos tener en cuenta que, cuando somos regenerados, cuando nacemos de nuevo, cuando el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, NO quedamos libres de pecado. La naturaleza pecaminosa, heredada de la caída de Adán y Eva, no nos abandona y viviremos con ella hasta la muerte física en esta tierra.

El apóstol Pablo manifiesta en el libro de romanos, lo que hace en él su naturaleza pecaminosa.

Leamos romanos 7: 20-24 “Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. 21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24!!Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.


Lo que si le sucede, al que le es otorgada la salvación, es que ahora tiene consigo al Espíritu Santo para luchar a diario contra el pecado. Antes de su conversión, el pecado reinaba en él, se congraciaba con él y no le estorbaba. La primera obra del Espíritu de Dios en el nuevo nacido, es que este empieza a rechazar el pecado y ya no lo quiere en su vida. El ES le dará las armas de las que habla Efesios 6, para que lo combata a diario durante toda su existencia terrenal. Esa diaria y permanente lucha contra el pecado es la SANTIDAD. Lucha que no tiene, no plantea ni interesa al inconverso que no ha sido salvo. Entonces es SALVO, no el que está libre de pecado, sino el que lucha a diario contra el con la ayuda del Espíritu Santo.

Ahora, puede el santo escudarse y justificarse en su naturaleza pecaminosa para pecar de continuo? Puede el santo decir: “Pues soy salvo pero recuerden que nuestra naturaleza pecaminosa no nos ha abandonado y por eso peco siempre”? No funciona así. El santo ha de pecar, pero no ha de PRACTICAR el pecado. La diferencia es grande y en ella radica el ser cristiano o no serlo, en ser nacido de nuevo o no serlo. El genuino convertido no caerá en práctica del pecado. Por supuesto es claro que la práctica del pecado significa, la reincidencia permanente en la misma falta. También es claro que el nuevo creyente viene con pecados muy arraigados y con los cuales tendrá que batallar. Pero la victoria está asegurada. El Espíritu de Dios es nuestro escudo.


Cesar Ángel
junio 24 de 2020

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